Bernardo López

Durante la semana, en varios medios de comunicación se publicó una nota donde se hace énfasis sobre la frustración de una maestra que siente pena por los jóvenes que no quieren estudiar, pues la educación a distancia no ofrece un camino para que logren ese objetivo.

La docente resaltó en un video que tiene alumnos que no se han presentado a las reuniones a distancia y sentenció que la falta de interés es generacional.

“Llevo 18 años en el sistema de educación y paulatinamente uno ve la decadencia en la cuestión social, pero nunca había visto el desánimo, el desinterés, la falta de compromiso a tan altos niveles como ahora… Esto no es una cuestión de la educación a distancia, esto ya es una cuestión más cultural, generacional”, dijo entre llanto.

Es cierto que a muchas personas no les interesa saber nada sobre estudiar, comprender al mundo, cuestionar la realidad y las verdades, aunque fueran enviados al sistema de enseñanza clásico; prefieren un estilo de vida más lúdico, pero perjudicial en el momento de querer una mejor calidad de vida, que además provoca la decadencia de la humanidad, su degradación como especie al atrofiar sus mayores características: el pensamiento, la imaginación, la razón, la duda, para poder pasar a la acción.

Tiene razón la maestra en decir que es generacional, pero sí existe un error en su planteamiento al decir que no son las clases a distancia el problema: la ausencia de un sistema de tutela provoca que los jóvenes no sientan un compromiso con el estudio, a pesar que tuvieran presencia en las teleconferencias.

La evolución de la educación como se ha planteado provocará la extinción del magisterio, quien no tienen forma de lograr que los alumnos asistan y pongan atención a la información que se les proporciona mediante las clases a distancia, ante la ausencia de una retroalimentación, de una comunicación maestro-alumno.

Quien verdad quiera estudiar y aprender tiene varios caminos: ser autodidacta o contratar a la vieja guardia de maestros para obtener clases particulares, de otra forma no va a haber manera de alcanzar ese objetivo.

El futuro es más que sombrío para los jóvenes, pues sus pocas ganas de estudiar los condenará a trabajos apenas sobre el límite de la esclavitud, reemplazados por máquinas con inteligencia artificial, o en su defecto serán obligados a introducirse chips electrónicos para ‘mejorar’ sus capacidades.

El plan para este siglo ya se asoma: hipervigilancia, hipercontrol de las actividades de cada individuo mediante cualquier dispositivo electrónico, encarcelamiento residencial, todo esto justificado por dictaduras sanitarias o hasta por coerción policial y militar.