Bernardo López

En el mercado existen una gran cantidad de fármacos antivirales, que son usados en el combate al SARS-CoV-2; algunos son promocionados por políticos, como la Hidroxicloroquina, que fue fomentada por Donald Trump y Jair Bolsonaro, pero descalificada por la Organización Mundial de la Salud (OMS), inclinada en lograr la creación de una vacuna.

Lo extraño de esto es que se hace imposible pensar que los mandatarios no tengan acceso a grandes médicos especialistas e investigadores que puedan recomendar con su experiencia el uso de la Hidroxicloroquina, propiedad de la farmacéutica Sanofi, donde Trump tendría una pequeña inversión, de acuerdo al The New York Times.

Los intereses comerciales podrían darnos luz del por qué estos políticos promocionan este medicamento, y no el Remdesivir -de la compañía Gilead Sciences, Inc., de la cual Donald Rumsfeld, exsecretario de Defensa de George W. Bush, es miembro de la junta directiva-; o el Interferon Alfa 2b, de manufactura cubana, que no logra la promoción que los medicamentos antes mencionados. También llegará a los mercados latinoamericanos el Avifavir, de origen ruso, pero el cuál tampoco sabemos mucho.

Además, se habla de la Cloroquina, Clorpromazina, Ribavirina, Tenofovir, Sofosbuvir y Galidesvir, todos con diferencias sobre cómo inhibir o anular los efectos del coronavirus, pero que no tenemos certidumbre de su eficacia debido a la lucha de poderes para destacar el que le deja más beneficios económicos y descalificar la efectividad de los otros. Va a ser muy difícil saber qué medicamento es eficaz, si lo son todos, y bajo qué circunstancias uno es mejor para cierto tipo de pacientes, se ha tendido una cortina de humo sobre estos fármacos para no poder darle una opción de terapia a los pacientes.

Hace poco tuve la oportunidad de leer una nota sobre algunos pueblos de España que no registran contagios por coronavirus. La respuesta contra el virus se encontró en el encalado de las paredes. La cal se ha usado durante mucho tiempo como agente desinfectante, desde la época del Imperio Romano. Pero parece que esta respuesta a las pandemias y enfermedades no tiene eco en los políticos, pues si encalar es el remedio para evitar crisis sanitarias, prácticamente acabaríamos con una industria con un valor de más de mil millones de dólares, algo que muchos no querrían.

La pandemia del SARS-CoV-2 en comparación con la gripe española no parece tan mortal, pues la segunda sí arrasó con personas de todas las edades, mientras que el COVID-19 se concentra en las personas mayores de 65 años. ¿Quién busca vender un apocalipsis que no existe?