Enrique Escobedo

La lógica de las emergencias es un tema debatido y nunca solucionado. Lo discuten filósofos, biólogos, médicos, teólogos y hasta políticos debido a que es un asunto crucial que ha vivido y vive la humanidad, pues conlleva a la decisión de que alguien se tiene que sacrificar o ser sacrificado. En algunos caos ya están establecidos los protocolos y, en general son aceptados, por ejemplo, cuando se hunde un barco la consigna del salvamiento es “niñas, niños y mujeres primero”; hasta ahí la lógica de la emergencia no es cuestionada y, en lo personal, la comparto.

El problema se vuelve polémico cuando enfrentamos situaciones como la actual pandemia del COVID-19 y la lógica de las emergencias entra en el escenario. Hasta el momento todos somos imprescindibles desde los puntos de vista ético, moral y del Estado. Empero si a dicha lógica yuxtapone el pensamiento económico tanto en los sectores público como privado, empiezan las distorsiones y los problemas. Hoy observamos que tanto gobernantes, como directivos empiezan a justificar, unos en nombre de la austeridad republicana y otros en nombre de la rentabilidad financiera, quiénes son relevantes o reemplazables por computadoras o simplemente prescindibles.

El gobierno anunció el 27 de agosto que desaparecerán 10 subsecretarías y aunque dijo que no habrá despedidos, se sabe que ya no se renovarán contratos a personal por honorarios. Por ende, yuxtaponer la lógica de las emergencias con los intereses económicos distorsiona la racionalidad. Si a ese binomio le agregamos un tercer ingrediente que es la política electoral, lo que resulta es un mazacote de venganzas personales, purgas laborales, excusas y pretextos.

La lógica de las emergencias tiene como propósito evitar, en lo posible, las catástrofes naturales y antropogénicas. En la medida en que se planea y prevé una situación de desastre la lógica es funcional y nadie la cuestiona éticamente. Sin embargo, cuando una sociedad está arrinconada por motivos sanitarios, asistenciales y económicos y desde las altas esferas se decide que algunos servidores públicos deben sacrificarse y perder sus empleos en nombre de la sobrevivencia de un programa gubernamental y transformador, estaríamos abriendo un capítulo peligroso para México.

Ser prescindible, necesario, relevante, evitable o reemplazable es algo que las circunstancias determinan en una organización, pero si hablamos del Estado, nadie está de más. Por eso el tema es relevante y a mi parecer es importante empezar a sentar las premisas de que todos somos necesarios. Así lo sostiene nuestra Carta Magna y así lo proclaman los Derechos Humanos. Que el gobierno no nos venda por un lado la idea de que la vacuna será universal y gratuita, pues es su obligación y su responsabilidad y, por el otro, que no nos diga que los despidos a burócratas son consecuentes con la Ley de Austeridad. Simplemente nadie debe ser despedido y nadie debe quedar excluido de ser vacunado gratuitamente.

La lógica de las emergencias es algo serio y se le están combinando ingredientes que, en efecto vienen al caso, pero no deben yuxtaponerse. Lo significativo de dicha lógica es el diseño de estrategias y tácticas cuyos objetivos estén enfocados a superar la crisis sanitaria de manera preventiva y no reactiva. En paralelo el plan de recuperación económica es mediante estrategias ya probadas, incluso en México, como es la redefinición de la economía mixta y la conceptualización acerca de lo que es estratégico y lo que es prioritario. Por lo que respecta al ingrediente político, sabemos que el gobierno está decidido a todo a fin de mantener su hegemonía en la Cámara de Diputados y conquistar, al menos, diez de las quince gobernaturas que se disputarán el próximo año, así es la política. Pero ese propósito no debe ser pretexto para fragmentar a la sociedad y polarizarla en un juego escatológico de videos cuyo fin son desplegar cortinas de humo y que se nos esconda la realidad. Todos somos imprescindibles, necesarios e irremplazables.