Enrique Escobedo

El segundo Informe de Gobierno es el cierre del primer tercio de un gobierno. Se caracteriza históricamente porque el gobierno ya sentó las bases, configuró la estrategia y las tácticas que deberá implementar a fin de alcanzar, durante los restantes cuatro años, lo ofrecido en la campaña. Algunos presidentes utilizaron parte de su tiempo de los dos primeros años de su gobierno en culpar al pasado y hacer ver a la sociedad el mal estado en el que recibieron a la nación. Pero no se extralimitaron culpando al pasado más de dos años sabiendo que se gobierna hacia adelante.

Es un informe que debe transmitir seguridad en la conducción, firmeza en el rumbo y confianza en que se alcanzarán las metas programadas. Sabe que es su despedida con esa legislatura y que, en muchos sentidos, es su última oportunidad de hacer llegar las iniciativas de ley que requiere, ya que la próxima composición de la Cámara de Diputados aun es incierta.

Tradicionalmente los presidentes dividían el segundo informe en tres grandes apartados. El primero se refería a lo logrado, no obstante, el diagnostico negativo que heredaron. Dicho apartado presumía con datos duros sus aciertos y se centraba en los cuatro aspectos estructurales de la Administración pública: política interior, política exterior, política económica y política social. El segundo apartado versaba sobre su ascendencia política con beneficios cualitativos en favor del país. Finalmente, el tercero, se condensaba en el mensaje a la nación y ahí remataba con su visión de la grandeza nacional a la cual nos estaban conduciendo.

Muchos ciudadanos estábamos atentos al segundo informe, pues nos interesaba y nos sigue interesando el estado que guarda la nación y el mensaje político, pues era la respuesta formal a la situación coyuntural y analizábamos cómo asume el gobierno sus responsabilidades, sus prioridades y, sobre todo, sus puntos de vista sobre determinadas situaciones.

No tengo la menor idea acerca de lo que se nos va a informar el próximo 1 de septiembre, pues el presidente de la República López Obrador nos comunica cada tres meses de alcances de su gestión, pero bajo formatos diferentes, estructurados con una lógica de análisis situacional semejante a sus conferencias madrugadoras y eso dificulta darle seguimiento a las estadísticas, a las series de tiempo, a las tasas de crecimiento o decrecimiento y, por lo mismo, realmente no sabemos acerca del estado del arte en el que está México. Por eso la fecha formal del 1 de septiembre es muy importante. Ética y moralmente no puede, ni debe informar desordenadamente. El formato lo definió él en su Plan Nacional de Desarrollo y por lo mismo debe respeto a la sociedad y ceñirse a las formalidades de dicho Plan.

Es cierto que la pandemia nos afecta todos y a nuestros planes, por eso el segundo informe se dividía en tres partes y el esquema de presentación en los tres apartados arriba enunciados son útiles a los sectores público, privado y social. Pero si el Primer Mandatario no desea un equilibrio en su informe, lo puede hacer; pero correrá riesgos innecesarios. Lo políticamente responsable, desde mi punto de vista, es que nos informe acerca de las cuatro grandes políticas arriba señaladas, nos haga saber acerca de la coyuntura cualitativa por la cual atravesamos y, en su mensaje político, nos indique, aunque sea en contra de su optimismo, que nos falta por recorrer un largo camino sinuoso y – con su indiscutible habilidad política – nos ofrezca salidas deseables, posibles e incluyentes.