Enrique Escobedo

La tolerancia se concibe como una construcción social de comportamiento y, a la vez, como un valor cultural de aceptar otros puntos de vista. Tiene al menos dos acepciones, la positiva que es el acto de admitir otras ideas e incluso consentirlas como un acto de sana convivencia y la negativa que se refiere a tener que soportar por no poder erradicar. La tolerancia en la democracia es una cualidad pública que pertenece a todos y, de manera especial, para los gobernantes es una obligación reconocer y aceptar las singularidades personales y organizacionales de diferentes culturas, religiones, razas, prácticas sexuales, usos y costumbres e ideas políticas. Es importante resaltar que la tolerancia tiene límites, de otra manera será permisiva al libertinaje. Dichos límites están contenidos en nuestras leyes e implican respeto a los demás.

Si un gobierno, en una democracia, alardea de ser tolerante es un acto de demagogia, pues es su responsabilidad y su obligación. Soy de la idea de que cuando un gobierno se pavonea en el discurso de la tolerancia es porque no soporta la crítica, rechaza otras ideas que no sean las suyas y cae en la acepción negativa de la definición arriba descrita. Soporta de mala gana a las voces disidentes y, en lo posible, estaría feliz si pudiese encontrar formas de acallar a quienes piensan de manera diferente. Por ejemplo, el maniqueísmo de “estás conmigo o estás contra mí”.

La tolerancia es constructiva y permite creatividad al encontrar nuevos derroteros por los cuales es posible idear, innovar e imaginar. De ahí que el renacimiento europeo fuera cultural, artística y científicamente más rico que la edad media. Lo mismo podríamos decir de los países en los cuales sus instituciones de educación superior gozan de libertad de catedra y de investigación respecto a aquellas que estigmatizaron a la ciencia en proletaria y burguesa.

La intolerancia gubernamental es, además de autoritaria y dogmática, destructiva. Sabe que una sociedad que piensa igual es una sociedad que piensa poco. Enfila sus baterías a la persecución de supuestos enemigos del régimen, discrimina mediante estigmas y prejuicios, esteriliza a los creadores mediante la censura indirecta al acotar el presupuesto a la cultura y le gusta la táctica política de “tirarse al suelo, para que sus seguidores lo levanten” y así capitalizar sus triunfos glorículas.

La idea de un gobierno infalible es poco realista. No obstante que en términos generales las sociedades nos comportamos como jurados altamente exigentes y demandamos prácticamente perfección acerca de los servicios que nos debe proporcionar la Administración pública, olvidando que las demandas y necesidades sociales varían de acuerdo con los intereses de los grupos socioeconómicos. Sin embargo, hay rubros que, efectivamente, deben ser cumplidos escrupulosamente por los gobiernos, tales como respetar la libertad de prensa. Si acaso un gobierno quiere vender la idea de que es tolerante, hay que poner mucha atención, pues no nos debería sorprender que su siguiente paso sea acusar a la sociedad de extralimitarse en sus críticas libertinas y corresponda consecuentemente acotarla o, lo que es peor, en nombre del dogmatismo ideológico, censurarla.