Luis Mena Pantoja

En esta época en que la libertad de expresión en el ejercicio periodístico se ve seriamente comprometida en México, con ataques constantes a la prensa desde el gobierno federal, agresiones de grupos criminales y campañas de desprestigio impulsadas desde las redes sociales, vale la pena recordar la historia de Ignacio Ramírez “El Nigromante”, escritor, periodista, político e ideólogo liberal, artífice del Estado laico mexicano.

Juan Ignacio Paulino Ramírez Calzada nació el 22 de junio de 1818 en San Miguel el Grande, Guanajuato, hijo de José Lino Ramírez, miembro del Partido Liberal Federalista, insurgente en la Guerra de Independencia y posteriormente vicegobernador de Querétaro, y Ana María Guadalupe Sinforosa Calzada, mujer de origen indígena.

Realizó sus estudios básicos en Querétaro y a los 17 años se inscribió en el Colegio de San Gregorio, en la Ciudad de México, para estudiar artes. Dos años después ingresó a la Academia Literaria de San Juan de Letrán, en 1841 inició estudios en jurisprudencia y en 1845 se tituló como abogado en la Universidad Pontificia de México.

Al buscar su ingreso a la Academia Literaria, donde se reunían los intelectuales más importantes del momento, pronunció un célebre discurso que cimbró a sus escuchas. “No hay Dios; los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos”, dijo, lo que le valió ser aceptado, aunque en medio de las críticas. En esta agrupación se convirtió en el primer orador y posteriormente en el mejor escritor de la época.

Comenzó su carrera en el periodismo en 1845, cuando fundó la publicación Don Simplicio, en equipo con Guillermo Prieto y Vicente Segura Argüelles, aquí firmó sus artículos como El Nigromante, y se distinguió por escribir fuertes artículos y versos satíricos con críticas severas al gobierno conservador, además de plantear una reforma económica, religiosa y política en México, que le valió el cierre del periódico y ser recluido en prisión.

Posteriormente, fundó el periódico Themis y Deucalión y colaboró en El Demócrata. Años más tarde, en 1857 creó El Clamor Progresista, junto con Alfredo Bablot, para apoyar la candidatura presidencial de Miguel Lerdo de Tejada. Colaboró también en La Sombra de Robespierre, en San Luis Potosí; en La Chinaca, en La Opinión y en Estrella de Occidente, en Sonora. Con Ignacio Altamirano y Guillermo Prieto, en septiembre de 1867 puso en marcha El Correo de México, con financiamiento de Porfirio Díaz, además de colaborar en El Renacimiento, El Siglo Diez y Nueve y El Monitor Republicano.

En materia política, en 1846 creó el Club Popular, para difundir sus ideas liberales, mismas que lo llevaron a prisión. Al ser liberado, el gobernador del Estado de México lo llamó a participar en su gestión y trabajó intensamente en la reconstrucción administrativa y la defensa del territorio nacional invadido por el ejército norteamericano. Acudió con el gobernador, Francisco Modesto de Olaguíbel, a la batalla de Padierna, y con su apoyo, restableció el Instituto Literario de Toluca, donde fue catedrático de Derecho y Literatura, hasta que los padres de familia pidieron su despido a causa de sus ideas liberales.

En 1852 fue electo diputado federal por Sinaloa y defendió el liberalismo en el Congreso de la Unión. En 1853 ejerció como profesor en el Colegio Políglota de la Ciudad de México. Sus críticas al presidente Antonio López de Santa Anna, le valieron once meses en prisión, hasta ser liberado al triunfar la Revolución de Ayutla. Fue diputado por el Estado de México en 1856 y ocupó un alto lugar como orador parlamentario y líder del radicalismo. Participó en la elaboración de las Leyes de Reforma, y al ser derrotados los conservadores, el presidente Benito Juárez lo nombró Secretario de Justicia e Instrucción Pública.

En 1861 fue Secretario de Fomento y después, presidente del Ayuntamiento de la Ciudad de México. Durante la Segunda Intervención Francesa combatió en Mazatlán. Por doce años fue magistrado de la Suprema Corte de Justicia, hasta ser nombrado Ministro de Justicia e Instrucción Pública por el presidente Porfirio Díaz. Al concluir este encargo, volvió a desempeñarse como magistrado de la SCJ, hasta su muerte, el 15 de junio de 1879 a causa de un infarto. Fue sepultado en la Rotonda de las Personas Ilustres, en la Ciudad de México.