Luis Mena Pantoja

En medio de la pandemia mundial por el Covid-19, que cobra cada vez más fuerza en Estados Unidos y en el planeta entero el movimiento Black Lives Matter (Las vidas negras importan), que se originó en julio de 2013 con el uso en redes sociales del hashtag #BlackLivesMatter, después de la absolución de George Zimmerman por la muerte en Florida del adolescente afroamericano Trayvon Martin -a quien disparó el 26 de febrero de 2012-, y que se vigorizó con el asesinato de George Floyd, un hombre de 46 años asfixiado el pasado 25 de mayo, luego de ser arrestado por la policía de Mineápolis por utilizar un billete falso en una tienda de alimentos.

La frase I can’t breathe (no puedo respirar), -últimas palabras de George antes de morir-, se ha constituido como el lema de protesta de este movimiento en contra del racismo, con múltiples manifestaciones organizadas en diversas ciudades norteamericanas que han tenido eco en el mundo entero, para manifestarse por esta muerte y muchas otras ocurridas en condiciones similares, en contra del racismo, la brutalidad policiaca y la tibia respuesta de las autoridades ante los crímenes de odio racial, además de exigir la detención de Derek Chauvin y otros tres policías responsables de la muerte de Floyd.

En este contexto, cuando a nivel internacional avanza la cultura de los derechos humanos, a la par de la lucha por la equidad y en contra de las prácticas racistas y clasistas, es interesante recordar el libro El laberinto de la soledad, en el cual Octavio Paz explica la esencia de la individualidad mexicana, a través del análisis de expresiones, actitudes y tradiciones distintivas de la cultura, moral y conciencia intelectual del pueblo mexicano.

“La historia de México es la del hombre que busca su filiación, su origen. Sucesivamente afrancesado, hispanista, indigenista, ‘pocho’, cruza la historia como un cometa de jade, que de vez en cuando relampaguea. En su excéntrica carrera ¿qué persigue? Va tras su catástrofe: quiere volver a ser sol, volver al centro de la vida de donde un día -¿en la Conquista o en la Independencia?- fue desprendido. Nuestra soledad tiene las mismas raíces que el sentimiento religioso. Es una orfandad, una oscura conciencia de que hemos sido arrancados del Todo y una ardiente búsqueda: una fuga y un regreso, tentativa por restablecer los lazos que nos unían a la creación”, expone.

En este ensayo, escrito originalmente en 1950, el autor analiza las principales diferencias ideológicas y culturales entre la población de México -a la que ubica como ritual, mística, religiosa y sentimental- y la de Estados Unidos -a la que caracteriza por su precisión y eficacia-, y asegura que éstas van mucho más allá del sistema económico y político. Afirma también que los mexicanos que radican en el vecino del norte se avergüenzan de su origen y sin importar el tiempo que tengan allá, nunca son considerados norteamericanos auténticos.

“Ellos son crédulos, nosotros creyentes; aman los cuentos de hadas y las historias policíacas, nosotros los mitos y las leyendas. Los mexicanos mienten por fantasía, por desesperación o para superar su vida sórdida; ellos no mienten, pero sustituyen la verdad verdadera, que es siempre desagradable, por una verdad social. Nos emborrachamos para confesarnos; ellos para olvidarse. Son optimistas; nosotros nihilistas -sólo que nuestro nihilismo no es intelectual, sino una reacción instintiva: por lo tanto, es irrefutable-. Los mexicanos son desconfiados; ellos abiertos. Nosotros somos tristes y sarcásticos; ellos alegres y humorísticos. Los norteamericanos quieren comprender; nosotros contemplar. Son activos; nosotros quietistas: disfrutamos de nuestras llagas como ellos de sus inventos. Creen en la higiene, en la salud, en el trabajo, en la felicidad, pero tal vez no conocen la verdadera alegría, que es una embriaguez y un torbellino. En el alarido de la noche de fiesta nuestra voz estalla en luces y vida y muerte se confunden; su vitalidad se petrifica en una sonrisa: niega la vejez y la muerte, pero inmoviliza la vida”, argumenta.

Octavio Paz, quien ganó el Premio Nobel de Literatura en 1990 y es reconocido como uno de los escritores más importantes del siglo XX, resalta que mientras que los norteamericanos son positivos, modernos y entienden al mundo como algo que se puede perfeccionar, los mexicanos creemos en el pecado y la muerte como base de la naturaleza humana y vemos al mundo como algo a redimir.