Luis Mena Pantoja

Los recientes y cada vez más frecuentes casos de linchamientos a delincuentes, su amplia cobertura mediática y los interminables espacios de discusión que han originado en redes sociales -cuyo punto más alto se alcanzó con la ola de memes festejando la golpiza al ratero de la combi- son una muestra clara del hartazgo e indignación social y la urgencia de justicia que existe en México.

La organización México Evalúa indica que el promedio nacional de denuncias no esclarecidas es del 94.6 por ciento, por lo que aún los delitos denunciados formalmente -sin considerar una altísima cifra negra, que elevaría mucho más el índice de impunidad- no tienen ninguna sanción ni reparación del daño. En este sentido, el proyecto Impunidad Cero señala que la probabilidad de que un delito se denuncie y castigue en nuestro país es de sólo el 1.14 por ciento.

En el libro Los retos de la sociedad por venir, Luis Villoro se refiere al proceso histórico para alcanzar relaciones sociales más justas, y considera que las reflexiones filosóficas que se realizan en materia de ética política sobre justicia, no pueden ser iguales en los países desarrollados, que han superado los umbrales de injusticia económica y social, que en aquellos -como México- en los que aún no hay una democracia sólida y existe una inmensa desigualdad, inconcebible para los países desarrollados.

“En nuestra realidad social no son comunes comportamientos consensuados que tengan por norma principios de justicia incluyentes de todos los sujetos; se hace patente su ausencia. Lo que más nos impacta, al contemplar la realidad a la mano, es la marginalidad y la injusticia. Si queremos partir de nuestro conocimiento personal del mundo en torno -punto de partida, en mi opinión, de toda reflexión ética auténtica- no podernos menos que considerar desde una perspectiva distinta los mismos problemas que ocupan a los filósofos de países occidentales desarrollados”, explica.

El filósofo español, nacido en Barcelona el tres de noviembre de 1922, señala que, para analizar la situación de la justicia en la realidad de los países subdesarrollados, debe partirse de una vía de reflexión diferente, teniendo como punto de partida la falta de justicia y de consenso para fundarla, así como la percepción de injusticia y el sufrimiento por ésta entre la población.

Resalta la importancia de la búsqueda del hombre en sociedad por abolir la dominación -que desde el principio ejerce el Estado mediante varias formas: política, jurídica, ideológica, militar o policiaca- como parte de la construcción de una sociedad más justa, libre de las injusticias que el poder y las formas de dominación permiten.

“La historia entera puede verse como un camino en la realización, constantemente interrumpida y desviada, de una sociedad humana liberada del ansia de dominación. Liberarse del mundo donde priva la injusticia no equivale a postular el mundo injusto de que habla Trasímaco frente a Sócrates, sino a elegir la posibilidad de actuar para escapar de esa realidad injusta. Se trata de iniciar el impulso para depurarse de un mundo donde rige la injusticia. Por eso Sócrates no expresa esa idea como ‘buscar la justicia’, sino como ‘escapar del poder injusto’. Ese es el inicio de una vía negativa frente al poder”, expone el autor.

Puntualiza que “la injusticia consiste en la carencia de un bien que la comunidad de consenso, en cambio, acepta para sí”, así como la relación entre un agredido y un agresor que conviven en una misma sociedad, e indica que el proceso para alcanzar una concepción más racional de la justicia tiene tres etapas, relacionadas con el avance en el desarrollo de un orden moral: la experiencia de la exclusión, la equiparación con el excluyente y el reconocimiento del otro.

El autor retoma de Enrique Dussel el concepto de comunidad de comunicación ideal, a la que ubica como aquella en la que no habría excluidos realmente y todos estarían en una comunidad de justicia, como una convergencia de personas libres y con derechos humanos universales.

Luis Villoro Toranzo, quien murió en la Ciudad de México el cinco de marzo de 2014, aterriza el concepto de justicia como el acceso a los derechos humanos universales e indica que la libertad no puede ejercerse sin la previa satisfacción de otras condiciones igualmente elementales, como las de sobrevivencia (alimentación, vestido, habitación y seguridad) y las de convivencia (pertenencia a una comunidad). “Vimos que un concepto ético de la justicia resulta de su universalización a todos los miembros de la sociedad. No es extraño que, en esos casos, la libertad se descubra como condición básica del reconocimiento de todo sujeto moral, en una sociedad no-excluyente”.