Luis Mena Pantoja

Aunque con frecuencia es puesto en duda el carácter científico de la filosofía, para Eduardo Nicol, autor español nacionalizado mexicano, la filosofía no es sólo una ciencia, es la ciencia primera y la que da origen a todas las demás.

“Si fuésemos tan fieles a nosotros mismos como es nuestro deber, dijéramos que la filosofía es la ciencia, la única ciencia real o posible. Pues las llamadas ciencias particulares no pueden ser otra cosa que particulares manifestaciones de ese único, radical afán de verdad al que se le dio el nombre de filosofía”, expone en su obra El problema de la filosofía hispánica.

En este sentido, el pensador nacido el 13 de diciembre de 1907 en Barcelona y con una trayectoria académica de más de 50 años en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, explica que la filosofía se enfoca a encontrar respuestas a los problemas universales, es decir, a los problemas fundamentales que afectan a toda la humanidad, por lo que se muestra partidario de pensar la filosofía desde los universalismos antes que desde la diversidad.

A pesar de lo anterior, Nicol i Franciscá reconoce la influencia de los regionalismos en la estructuración del pensamiento. “Pues cada zona lingüística se caracteriza por unas ciertas modalidades culturales. En tanto que el ser es expresión, no puede ningún ser humano hablar de una manera distinta sin ser distinto”.

Este filósofo estudió en la Universidad de Barcelona y arribó a México en 1939, a consecuencia de la Guerra Civil Española. Este mismo año ingresó a la Universidad Nacional Autónoma de México como profesor y para estudiar el doctorado en Filosofía; obtuvo la nacionalidad mexicana en 1940 y en 1955 recibió el título de profesor emérito de la UNAM, donde junto con Eduardo García Máynez fundó el Centro de Estudios Filosóficos, ahora llamado Instituto de Investigaciones Filosóficas.

“La verdad, en ciencia, ya no expresa una opinión personal, sino que expresa la cosa misma, tal como ella es. Por lo menos aspira a esto. Y la aspiración -la philía- es suficiente para que queden eliminadas desde luego del ámbito de la ciencia, a la vez la mentira y la arbitrariedad, las cuales son siempre personales. La veracidad se da por supuesta en la esencia misma de la philía, del amor de la verdad; la arbitrariedad se rinde ante la apelación común a las cosas mismas”, afirma.

Nicol distingue a la filosofía central o principal, de la ideología, la sofística, los sistemas inventados y las ideas sueltas, así como de los estilos marginales, entre los que ubica a los pensamientos filosóficos basados en temas locales y temporales.

“La filosofía que medita sobre el propio ser y los problemas del propio lugar -como la que estamos haciendo ahora mismo no es un género científico de pensamiento. No lo es constitutivamente; es decir, no por defecto de quienes la cultiven, sino por definición. No es científica sean cuales sean las orientaciones que tome en cada caso y el valor del género mismo en todos los casos. Además de ésta, hay en Hispanoamérica otra filosofía, la cual si es científica, la cual tiene que ser considerada por todos tan genuina, por lo menos, como la ideología; presta igual servicio a la comunidad, aunque no trate específicamente de sus problemas concretos; realza por lo menos tanto como la ideología ese carácter distintivo y autóctono del propio ser, sin ocuparse de él temáticamente; en fin, se encuentra más a nivel de los tiempos, más a tono con el impulso creador de este renacimiento o nacimiento nuevo que es la Revolución para Hispanoamérica”, expresa en el citado libro.

Autor de 18 libros, 82 ensayos y 119 artículos, Eduardo Nicol murió en la Ciudad de México el 6 de mayo de 1990. “Un alma de filósofo, o filosóficamente educada, ha de estimar y de apropiarse todas las virtudes y valores que pueda haber en el mundo, sin reparo de su procedencia; ha de percibir con lucidez todos los defectos, los vicios y las inconsistencias que se den en la patria, pues la verdad y la virtud no tienen patria”.