Aleinad Mina

Los seres humanos en todo el tiempo de la historia hemos transitado por un desordenamiento de nuestra estabilidad psíquica, encontrándonos en situaciones de dificultad personal que se expresan en depresión, angustia, dependencia, por decir algunos estados que a nivel psíquico día a día se presentan como malestares en la historia particular que cada uno vive.

Esta observación que se vive en el psiquismo humano como enfermedad mental, y que a través de su conflicto psíquico tiene efectos en nosotros, surge de un investigador Austriaco llamado Sigmund Freud a finales del siglo 19 principios del 20. Sigmund Freud estudió medicina especializándose en neurología, sus inclinaciones lo llevaron al campo de la psiquiatría, observó que en este campo casos de enfermedades tan particulares que la medicina no tenía explicación y mucho menos cura.

Uno de sus casos más famosos es el de Anna O, una paciente con un diagnóstico clínico histérico. Con este caso empezaron sus primeras indagaciones para poder separar la diferencia de una enfermedad médica y una enfermedad psíquica, y que daría como consecuencia el surgimiento del psicoanálisis. La característica particular de este caso emerge de un detalle muy curioso, y es que Freud considera que Anna O. es la creadora principal del psicoanálisis por proponer en su propio caso “la cura por la palabra”, entendiendo que este concepto refiere a cambiar de posición, mientras que en el médico clásico, el saber lo tiene el médico y el médico nos diagnostica que desequilibrio tenemos, en el caso de Anna O. fue ella la que por medio de su palabra, al exponer su propia palabra, propuso el contenido de su propio saber, de sus propios malestares, teniendo como efecto su propia cura.

Lo interesante de este caso es que data a más de cien años, y en la evolución institucional de la salud mental aún estamos muy atrasados. La salud mental tiene que ser una necesidad de primera índole, poniendo toda barrera de manera social como personal para tratarnos de manera profesional ante los estragos que en el diario vivir que lateraliza nuestra estabilidad. Cabría preguntarnos, ¿estamos deprimidas o deprimidos? ¿Nos sentimos vacías y vacíos? ¿Estamos en el lugar que amamos? ¿Nos sentimos vivas y vivos? ¿Estoy desarrollándome cómo ser humano? ¿Soy feliz? ¿Estoy en el lugar que deseo estar?

Considero que el peor de los engaños es el que nos hacemos a nosotras y nosotros mismos en la medida de nuestra propia necesidad humana para crecer y aportar desde nuestra parte más humana y plena. Hace falta romper con una serie de tabúes que rondan en el optimismo psicológico y en lógicas que menosprecian la incomodidad psíquica, como algo secundario. Tener salud mental tiene un impacto determinante no sólo en la calidad de vida del individuo sino en la contribución social que eso conlleva. La búsqueda de nuestro bienestar nos sugiere intentar responder las preguntas planteadas para hacernos responsables de nuestra salud mental, ser diligentes con nuestras necesidades más fundamentales, pues es nuestra elección repetir la misma historia o transformar nuestra vida.