El último día de 2019, las autoridades chinas alertaron a la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre el brote de un nuevo tipo de coronavirus que hoy conocemos como COVID-19.

Para el 30 de enero, el alto grado de contagio presentado por esta nueva cepa de coronavirus, llevó a que las autoridades de la OMS decretaran una Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional” (ESPII).

Personalmente, empecé a seguir con atención la evolución de esta epidemia a partir del 25 de enero. Recuerdo que entonces las cifras oficiales registraban un total de 56 muertes y 1052 casos confirmados en 11 países.

Poco más de un mes después -con la última actualización disponible al 28 de febrero- los números han crecido exponencialmente: más de 83 mil personas infectadas en 47 países del mundo con 2867 víctimas letales.

Hay que decirlo con claridad: se trata de un riesgo de salud alarmante que, de acuerdo a los epidemiólogos de mayor prestigio en el mundo, tiene todas las características para convertirse en una pandemia.

No podemos decir que se trate de un evento que haya tomado al mundo por sorpresa. Más bien, sabíamos que era cuestión de tiempo para que el virus comenzara a extenderse por todo el orbe y, eventualmente, llegara a nuestro país.

Es muy temprano para empezar a sacar conclusiones pero hasta ahora el COVID-19 parece ser mucho menos letal que otros coronavirus como el SARS: se estima que el índice de letalidad del nuevo virus es de 2.3%, no obstante -considerando el alto grado de contagio que se ha observado- esto podría traducirse en un gran número de muertes.

Así ocurrió con la llamada “Gripe Española” de 1918-1919 que, a pesar de tener un índice de letalidad similar al del nuevo coronavirus, se estima que mató a más gente que cualquiera de las dos Guerras Mundiales (entre 50 y 100 millones de personas según los cálculos actuales).

Y es que precisamente el bajo grado de letalidad de este virus hace que se convierta en un reto sanitario mayúsculo. Es muy posible que haya un gran número de personas infectadas que presentan síntomas leves o moderados -incluso asintomáticos- y que por eso siguen su vida de manera rutinaria, contagiando a mucho más gente en el camino… Esto hace que contener su propagación sea algo similar a intentar detener el flujo del aire.

Hay dos formas de luchar contra una epidemia: la medieval y la moderna.

La medieval -una herencia de la era de la “Peste Negra”- va en la línea de las medidas radicales que tomó China: poner pueblos enteros en cuarentena, cerrar fronteras, establecer “campos masivos de tratamiento”.

La moderna consiste en aceptar el poder de los patógenos, reconocer que no podemos detenerlos y tratar de aminorar el golpe a través de antibióticos, tecnología médica hasta lograr desarrollar una vacuna.

Esta semana, la OMS dijo que China había tomado “una de las estrategias más antiguas y consiguió desplegar uno de los esfuerzos de contención de enfermedades más ambiciosos, ágiles y agresivos en la historia”.

Si tenemos algo de suerte, ese tiempo extra que China logró comprarle al resto del mundo, ayudará a que pronto se logre desarrollar un tratamiento o vacuna para enfrentar este nuevo virus y la amenaza desaparecerá.

Con ese resultado, felizmente aceptaré que me llamen un escandaloso alarmista.