• El mundo está ante una encrucijada que podría conducir o no a la construcción de un sistema más humano para todos.

Jorge Fernández

Actualmente, las empresas productoras de material médico trabajan con dificultad para responder a las demandas causadas por el nuevo coronavirus. Entre ellas, las de China no son la excepción, aunque a diferencia de las de otros países, las de ahí cuentan con un entorno más saludable para producir y satisfacer los requerimientos de países azotados por la pandemia. Las compañías chinas están ampliando sus exportaciones de productos sanitarios y trabajan a marchas forzadas para ayudar a los más necesitados. Y ni siquiera en estos momentos, en los que China se afana por salvar la vida de personas en otras partes del mundo, cesan los ataques y las calumnias contra ella.

Para poner esto en contexto, además de las mascarillas, kits de identificación y trajes protectores donados al exterior —que se cuentan por toneladas—, profesionales de la sanidad han viajado a diferentes países para ayudar y compartir información valiosa con sus pares extranjeros. Y de datos no paramos. Las compañías productoras chinas han suministrado 18 mil respiradores, de los cuales 4 mil son invasivos, a hospitales de países asolados por la COVID-19. No obstante, para los ojos negativos y suspicaces, todo cuanto China hace está mal o tiene un doble rasero.

En días recientes ha trascendido una nueva narrativa que argumenta que China extiende ayuda al exterior porque desea exportar también su modelo de gobernanza. En algún punto de esta narrativa se omite el hecho de que si bien el nuevo coronavirus es el mismo en todo el mundo, los problemas que genera son distintos dependiendo del lugar en el que este decide anidar y propagarse. El Gobierno Central respondió con medidas adecuadas para tratar un problema concreto, tal y como otros gobiernos están desplegando medidas en atención a las condiciones económicas, políticas y culturales de sus propias sociedades. El socialismo con peculiaridades chinas sí respondió con eficiencia para prevenir y controlar el número de infecciones, aunque esto no significa que este sistema pueda duplicarse para solucionarle a terceros problemas epidémicos con variables diferentes a las de China.

Pareciera que en el orden mundial de hoy no hay espacio para el altruismo. O al menos no para emprender acciones orientadas al bien común sin llevar dosis de recelo y desconfianza. La constante es un sistema rapaz que privilegia el interés propio por encima del bienestar colectivo. Dicen algunos que la pandemia reconfigurará un sistema internacional distinto al que hoy conocemos. Es difícil rebatir esta proyección dados los estragos que está causando en las economías y en los modelos de gobernanza. Pero el quid de la cuestión no es si las cosas cambiarán, si no que es, por el contrario, si podremos orientar la transformación para no caer en un orden internacional igual al anterior: injusto, inequitativo, discriminatorio y en el que la pobreza supera por mucho a la riqueza.

La presente administración de China ha hecho énfasis en la idea de una comunidad de futuro compartido para la humanidad. En esta percepción de lo que se quiere para el mañana se advierte que, sin importar el camino que cada país tome para generar bienestar a su gente, el mundo es y seguirá siendo uno solo para todos. A fin de hacer prevalecer la paz y procurar el desarrollo general, los Estados deben apoyarse en los momentos más difíciles e impulsar el interés común. Esta es justamente la idea que moldea el comportamiento diplomático de China desde hace varios años, y en ella se justifican las acciones filantrópicas en el exterior. La ayuda que China ofrece en estos momentos responde al humanismo que hay implícito en su visión del futuro, y no, como algunos afirman, en una campaña sistemática para exportar su modelo de gobernanza.

Es necesario destacar que si bien China ha podido gestionar eficientemente la propagación de COVID-19, los trabajos de prevención y control aún no terminan en el país más populoso del mundo. El mismo gigante asiático pasa apuraciones para abastecer a sus propios ciudadanos. Y pese a esto, el país no ha suspendido el suministro de material médico o ha cancelado sus donaciones. En medio de estos sacrificios, sorprenden sobremanera las acusaciones contra China, que aseguran que el material que produce es de deficiente calidad. Los críticos callan tendenciosamente que el problema se origina en intermediarios sin escrúpulos que, ignorando los canales oficiales de compra, adquieren los productos de fabricantes de dudosa reputación.

Ya sea por una u otra causa, todo lo que China haga o deje de hacer, está mal a ojos de estas negativas voces. Desde su perspectiva, no es posible a ayudar a un tercer país, y esto se debe a que se asume que hay un interés oculto de por medio. Esta no es la visión que el gigante asiático alberga para el porvenir. El humanismo sí existe entre los pueblos. Vivimos en un mundo en el que los embargos contra países chocan directamente con un nuevo espíritu de las relaciones internacionales. Y en tiempos de pandemia, las prohibiciones contra países equivalen a condenas a muerte de personas inocentes. La vida de las personas, sin importar nacionalidad, raza o credo, no puede estar supeditada a caprichos políticos o a deleznables herencias de la historia. El egoísmo de los Estados no puede prevalecer sobre el humanismo de las naciones.

China ha hecho ingentes esfuerzos por incorporar valores de justicia, equidad y desarrollo compartido en el sistema internacional. Las críticas dirigidas contra sus acciones confirman la resistencia que hay en el sistema actual por un cambio. Será triste que en la etapa posterior a la pandemia sean los muertos los que nos recuerden de la urgente necesidad de construir un mundo más humano y de mayor cooperación entre los vivos. Será más triste, y sus muertes habrán sido en vano, si el mundo, por el contrario, adopta una estructura más egoísta, más unilateral y más centrada en los intereses propios. A la espera de este desenlace, con pandemia o sin pandemia, China no cejará en sus esfuerzos por invitar a los países a edificar piedra por piedra un nuevo modelo de relaciones internacionales, uno centrado en el altruismo y en el bienestar de la colectividad.