• Una visión basada en la historia y la política sobre la situación en la región administrativa especial

Marcelo Muñoz*

El estallido popular expresado en manifestaciones, más o menos masivas según los casos, se da en el último año en muchos lugares: Hong Kong, Cataluña, Minneapolis, Líbano, entre otros, por razones y circunstancias muy diversas. Pero me centraré en Hong Kong, territorio en el que he vivido, visitado y trabajado, tanto en su época colonial como en la de soberanía china recuperada. Querría aportar mi visión de este conflicto, contextualizándolo con datos, en lo posible, histórica y políticamente.

Un poco de historia

Hong Kong fue colonia del Reino Unido desde mediados del siglo XIX, ocupado por el Imperio británico como consecuencia de las Guerras del Opio, provocadas para imponer a China la apertura mercantil; un pequeño puerto, ampliado para la flota británica para colonizar Hong Kong y atacar otros puertos y ciudades hasta llegar a Beijing. Así empezó “el siglo de humillaciones”, según la terminología china, que el país sufrió por parte del Reino Unido, Francia, Alemania, otras potencias occidentales y, posteriormente, Japón. Para el imaginario popular chino, Hong Kong es una reliquia de ese “siglo”

El puerto militar se amplió como puerto comercial, desde donde las empresas británicas controlaban el creciente comercio entre China y Europa. Y, desde 1949, este comercio, junto con la actividad financiera y el turismo, se multiplicó por el bloqueo occidental de China y, desde 1980, por la política china de Reforma y Apertura, instaurada por Deng Xiaoping.

La población actual de Hong Kong es, en un 95 %, china, el 4,5 % son otros asiáticos y un 0,4 % es occidental: en conjunto, representan un 0,05 % del total de la población de China. Ha crecido exponencialmente desde 1950 por la migración interior china, muy similar a la de otras grandes ciudades. Su vecina Shenzhen, por ejemplo, pasó de 30.000 habitantes en 1980 a 20 millones hoy, en un período en el que la migración interior superó los 400 millones.

El territorio inicial de la colonia fue la isla y la península de Kowloon (17 % del territorio actual). El resto, los llamados “Nuevos Territorios”, fue  un arrendamiento que China hizo al Imperio británico en 1898 por 99 años. Así, antes de 1997 ambas partes tuvieron que negociar. China consideró concluido el arrendamiento y exigió la recuperación de la soberanía. La entonces primera ministra británica, Margaret Thatcher, se negó a ello, pero tuvo que aceptar la realidad legal y la inviabilidad de la colonia con la oposición del Gobierno de China y aceptó su soberanía. A ello ayudó, por una parte, el claro crecimiento de China y, por otra, la realidad insoslayable de que Hong Kong, sin los territorios arrendados, no subsistiría sin agua, energía ni tierra cultivable; como un Gibraltar asiático, con una población millonaria y un gigante de vecino.

Deng Xiaoping acuñó el lema de “un país, dos sistemas”, válido hasta 2047, con una amplia autonomía del gobierno local, bajo soberanía china, consciente de que la integración total era problemática y a China le interesaba mantener una plataforma comercial y financiera, muy útil para su proceso de apertura. Este estatus es el reconocido internacionalmente y refrendado por la ONU. Para Deng Xiaoping, el lema era un objetivo a alcanzar paulatinamente en 50 años, concluyendo la colonización con un acuerdo. No es un tratado internacional, sino un final amistoso.

En su época de colonia, Hong Kong era regida por un gobernador y una administración dependiente de la metrópolis. Llegó a desarrollar instituciones, moneda, empresas, bancos. No se regía por una democracia liberal, aunque en los últimos años, los súbditos coloniales pudieron sentirse progresivamente ciudadanos. Con una economía liberal de mercado, en la que proliferaban empresas de capital chino, emergió una sociedad civil de perfil propio, primero con predomino anglosajón, después con carácter marcadamente chino, combinando, no sin tensiones, la autonomía regional con la autoridad del Gobierno central, como en cualquier país con administración descentralizada.

Situación desde hace un año

Hace aproximadamente un año, surgió una fuerte tensión, por la oposición a una ley del gobierno local que, para los autonomistas, recortaba sus competencias. Esta oposición se agudizó con la nueva Ley de Seguridad Nacional, elaborada por la Asamblea Popular Nacional,que promete desarrollar la legislación posterior compatible con la autonómica, tras consultar al gobierno autonómico y los sectores sociales de Hong Kong. Su objetivo: completar un sistema jurídico que consolide el territorio como centro internacional de comercio, finanzas y comunicaciones. A pesar de ello, la oposición hongkonesa lo ha visto como un recorte a su autonomía, una imposición del Gobierno central y ha reavivado las manifestaciones multitudinarias, con episodios de violencia, hasta vandálica, contra el gobierno autónomo y el central, con tendencias secesionistas.

Este conflicto político regional expresa la tensión del principio “un país, dos sistemas”, objetivo difícil para un territorio políticamente complejo, pequeño, pero simbólico por su peso comercial y financiero, y por su sentido de paradigma para otros territorios como Taiwan. Para la oposición, la represión de algunas manifestaciones ha sido desproporcionada. Para el gobierno autonómico, ha sido  el cumplimiento de su responsabilidad de mantener la estabilidad, en momentos gravemente lesionada en perjuicio de la mayoría. No olvidemos que la mayoría de los 1400 millones de ciudadanos chinos, incluidos los hongkoneses, no empatiza con el sentimiento secesionista de algunos compatriotas a los que muchos consideran privilegiados por las ventajas de la situación geográfica y política de este pequeño territorio, en comparación con el resto de la población. El Gobierno central y el poder legislativo, por su parte, defienden el ejercicio de su soberanía y su apoyo al gobierno autonómico.

Evidentemente, los ciudadanos globales tenemos derecho a criticar o denunciar todo aquello en lo que no estamos de acuerdo. No así los gobiernos: el señor Trump y el señor Johnson han presionado y amenazado a China a favor de los manifestantes secesionistas, en clara injerencia en los asuntos internos de un país soberano, como si apoyasen el secesionismo catalán, o el Parlamento europeo amenazase a EE. UU. por la represión de los manifestantes de Minneapolis.

Actuando con prudencia, los poderes legislativo y ejecutivo chino alcanzarán una solución adecuada que, superadas las tensiones, se fortalezca el objetivo de “un país, dos sistemas”, a conseguir en los próximos años.

*Marcelo Muñoz es un empresario español, fundador y presidente de Cátedra China, que creó con otros expertos como foro y centro de pensamiento y análisis de la realidad china.