Por Enrique Escobedo

Lo que acontece en Chile me da gusto, pues es una clara demostración de los habitantes de esa nación de que ya están hartos de la herencia económica de la escuela de Chicago del no intervencionismo de Estado en la economía y dejar que sean las fuerzas del mercado las que rijan la economía y las finanzas de una nación. La idea de los años ochenta sintetizada por el presidente norteamericano Ronald Reagan en el Consenso de Washington sostenía que el Estado Moderno es el Estado Modesto, lo cual es hoy a todas luces es una falacia.

El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial iniciaron en la década de los años ochenta una ofensiva en Latino América, África y Asia en contra de las empresas del Estado, acusándolas de poco productivas y que por lo tanto debían privatizarse. El presidente Carlos Salinas fue el primero en apuntarse en la lista neoliberal y sin un plan congruente habló del Estado Obeso y privatizó empresas que, en efecto, algunas debían transferirse al sector privado, pero se extralimitó con otras al enajenar a la ComisiónNacional de Subsistencias Populares (CONASUPO) o la Constructora Nacional de Carros de Ferrocarril, pues al hacerlo incrementó nuestra dependencia tecnológica, industrial y alimentaria con los Estado Unidos y Europa.

A cuarenta años del inicio de la cesión del Estado Rector es evaluable que la pobreza se incrementó, que los extremos de miseria y concentración de la riqueza en unas cuantas manos se ensancharon y que las grandes compañías trasnacionales han desplazado a la industria nacional. De ahí una de las explicaciones del triunfo del hoy presidente López Obrador.

Haber cedido soberanía comercial e industrial debilita a los estados, sobre todo a los de economía emergente como es el caso de nuestro país. Aún más, las naciones de economía más poderosas del mundo utilizan al Estado para sostener su desarrollo; ahí tenemos que tanto los Estados Unidos, como el Reino Unido han desplazado a sus ejércitos por todo el mundo a fin de someter movimientos populares e insurgentes, ya que al evitar los nacionalismos locales garantizan que sus naciones reciban materias primas baratas.

Después del Golpe de Estado en Chile, por el traidor Augusto Pinochet al legitimo presidente Salvador Allende, los yankees empezaron su plan piloto de privatización de las empresas públicas e introdujeron las ideas económicas de Milton Friedman, un profesor de la Universidad de Chicago que también sembró semillas entre estudiantes mexicanos, hasta hace poco dueños de la Secretaría de Hacienda. Por eso, lo que hoy exige el pueblo chileno es que la economía esté al servicio del desarrollo integral mediante políticas económicas distributivas y dejar de lado la obsoleta tesis de que hay una mano invisible que regula la oferta y la demanda.

Los latinoamericanos estamos demandando economías productivas y distributivas y confío en que los gobiernos lo sepan hacer inteligentemente, pues no se trata de regalar dinero, sino de impulsar empresas públicas ahí, donde el sector privado no quiere invertir porque es muy riesgoso o porque la tasa de ganancia es muy baja; para eso está el Estado.

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