Gregorio Ortega Molina

*Nos consideran tontos, no lo somos. Percibimos que están embelesados en sus puñetas mentales

 Lo que mejor hace Marcelo Ebrard es mentir, como buen diplomático y como deber para apoyar las aseveraciones y otros datos de su patroncito.

Claro que eludir el amago de Donald Trump para declarar terroristas a los narcotraficantes mexicanos nos costó, y mucho. Además de sacar a Evo Morales a trompicones de México, con escala en Cuba y destino final Buenos Aires, lo que queda comprometido es el sentido, el concepto de patria que se diluye entre las exigencias de la globalización.

Ebrard olvidó pronto las enseñanzas de su sensei político, Manuel Camacho Solís, quien, en el afán de quedar bien con Carlos Salinas, abundó en la necesidad de modificar el concepto de soberanía, como preámbulo al funcionamiento del TLC y la integración a Estados Unidos y Canadá. En esas están quienes gobiernan desde 1982, cuando se dieron cuenta de la urgencia de adelgazar al Estado.

Durante esta cuesta de enero, 38 años después, además hemos perdido la educación y la fortaleza cultural. El país hace agua por todos lados. Es fácil de comprender si se dedica tiempo a la lectura y el estudio. En Universidad para asesinos, novela de Petros Márkaris, el autor nos muestra el camino de la inteligencia, para desestimar verbalmente las presiones de Trump, y no jugarle al tío Lolo.

“… No hay comunicado terrorista sin declaraciones ni moralejas ideológicas. Aunque a nosotros nos parezca ridículo, para los terroristas fundamentar sus actos ideológicamente es una cuestión de honor”.