• Beijing ha asumido un liderazgo mundial en el terreno sanitario que en estos momentos no cuenta con ningún otro rival en el mundo.

Jorge Fernández

Sin excepción alguna, el nuevo coronavirus tomó al mundo por sorpresa y dejó al desnudo la asimetría que hay entre país y país para reaccionar eficientemente frente a un enemigo desconocido. El tiempo al final otorgará elementos a los pueblos para juzgar la destreza o impericia de sus propios gobernantes. Mientras unos serán recordados como ejemplos de dirección, otros, por el contrario, pasarán a la historia por su ineptitud para salvar vidas. La pandemia que hoy nos aqueja está poniendo al descubierto quiénes somos y qué capacidades tenemos.

En este proceso de aprendizaje universal, del que las grandes potencias aún están lejos de llegar a una conclusión, queda claro que los modelos aplicados en Europa o en Norteamérica, o mejor dicho, los modelos en general, no pueden ser calcados al pie de la letra so pena de llevar la morbilidad a cifras exponenciales. La esencia de las acciones y aquellos puntos que caracterizan los planes desplegados, por el contrario, sí son valiosas enseñanzas que resultan en información privilegiada para el desarrollo de estrategias en momentos anteriores a una crisis. Y en este sentido, China tiene mucho que aportar.

Desde la perspectiva del gigante asiático, no es posible anteponer la economía a la salud de las personas. Y esto se debe a que son las personas las que inyectan vida y dinamismo a las actividades productivas. Sin el factor humano operando en condiciones físicas y emocionales óptimas, la generación de riqueza pública se pierde en quimeras. No obstante, para salvar vidas es necesario un liderazgo nacional que movilice ordenadamente los recursos por todo el territorio. Las instituciones del Estado chino operaron con precisión en cuanto se entendió qué era y cómo operaba el enemigo. Por encima de todo esto, la disciplina social y el respeto a la autoridad serán registrados como claves del éxito.

Es aterrador observar desde el encierro cómo el número de muertos sigue aumentando. La inacción está cobrándole factura a algunas sociedades cuyos líderes, irónicamente, han contraído la COVID-19. El liderazgo del que antes presumía Occidente hoy, en medio de la pandemia, brilla por su ausencia. Hace no mucho tiempo, sus instituciones hicieron oídos sordos a las alarmas encendidas por China y por la Organización Mundial de la Salud, como si las aguas del Estigia corrieran a sus pies. La capacidad analítica de sus sociedades civiles se encausó hacia la crítica destructiva, y esta, al lesionar la unión Estado y sociedad, dejó a las personas en una indefensión total frente al nuevo coronavirus.

Es la incapacidad de reconocer la inhabilidad del liderazgo y la ineficiencia institucional la que orilla a algunos desesperados a poner a China en la mira. A sus ojos, el Estado chino es el Leviatán mismo, que petrifica a todo a quien lo ve y a quien se le arrojan niños para que se los coma vivos. No hemos llegado aún a lo peor de la pandemia, pero las críticas, el racismo y la discriminación que ahora se dirigen contra China son estrategias usadas para culpar a otros de los trabajos que no se han podido materializar en casa. No está de más recordar que en cuanto los investigadores aplicaron métodos científicos para confirmar la existencia del nuevo tipo de coronavirus, China tardó 3 días en notificar a la OMS y al mundo lo que estaba ocurriendo en Wuhan. Eran apenas los primeros días de enero.

Ya hace algún tiempo que China no registra contagios locales y los casos confirmados, que llegan del exterior, son contenidos gracias a la aplicación de cuarentenas. China no ha dejado de extender su ayuda a quienes la necesitan, no solo a nivel gubernamental sino también a través de organizaciones populares trasnacionales. Las donaciones se han hecho a 89 países y el envío de personal médico chino están contribuyendo a aliviar la carga de los sistemas sanitarios en países azotados por la pandemia. De cara a esto, la respuesta de algunos ha sido brutal: al Gobierno de China se le está culpando de kits supuestamente defectuosos que no tienen nada que ver con las autoridades y cuyo problema se debe a un uso incorrecto según afirma el fabricante. Este tipo de acusaciones, en momentos en los que China trabaja a marchas forzadas para suministrar equipo y medicamentos al mundo, quitan las esperanzas a aquellos pacientes que ven en China su única esperanza de sobrevivir.

La pandemia ha dejado al descubierto la gran capacidad moral y los recursos humanos con los que cuenta China y su pueblo para hacer frente a situaciones de emergencia. Nadie hasta ahora ha salido tan bien parado del embate del nuevo coronavirus como lo ha hecho China. Y en medio de esta historia, cuyo final aún está por escribirse, las críticas virulentas, los ataques racistas y el menoscabo a las instituciones estatales chinas revelan un hecho incuestionable: Beijing ha asumido un liderazgo mundial en el terreno sanitario que en estos momentos no cuenta con ningún otro rival en el mundo. ¿Se proyectarán estos lineamentos en el terreno económico y político mundial?