Ivette Estrada 

Covid-19 tiene una larga cauda de dolor y muerte. Pero también de peligrosa mimetización con la “normalidad” y asumir que debemos proseguir como si no pasara nada. En realidad, todo cambio es pérdida, y la pérdida debe ser lamentada. 

Este duelo trata de negarse en los ambientes laborales. Existe dolor sin resolver de subalternos, jefes y colegas. Sin embargo, todo dolor sin resolver cuesta a las empresas miles de millones de dólares al año en pérdida de productividad y rendimiento. 

El dolor silente, no verbalizado, afecta a un tercio de los altos ejecutivos en un momento dado en países anglosajones y asciende a 75% en naciones latinoamericanas donde “los machos no lloran y en el trabajo son inexistentes las lágrimas”. 

Sin embargo, la muerte, el sufrimiento humano y la pérdida derivada de COVID-19 no tiene precedentes en la memoria viva. Para aquellos que perdieron a un ser querido, puede que no haya ceremonias para la despedida final, no hay duelo juntos. Los rituales son marcadores importantes de trascendencia, parteaguas de vida. No tenerlos impide cerrar círculos, es sostenerse con heridas abiertas. 

Esto ocurre ahora con Covid-19. Existen pérdidas de maneras distintas a la muerte y la enfermedad. Hay encuentros y bodas pospuestas, graduaciones perdidas, separaciones dolorosas de familiares y amigos, colegas despedidos, oficinas y escuelas cerradas, incluso un silencio denso en lugares de culto, restaurantes y sitios habituales de reuniones, como si alejarnos de la música y guardar solemnes mutismos alejará al Covid-19. 

 Todos vivimos ahora pérdidas diversas: promoción perdida, cuentas o clientes claves, el final de un proyecto o la disolución de un equipo, la jubilación de colegas o jefes, irrupción de fusiones y adquisiciones…eventos que pueden despertar sentimientos de dolor que incluyen conmoción, ira, tristeza y miedo. 

Afrontar el duelo implica reconocer que las emociones dolorosas son naturales y no señales de debilitamiento y destrucción. Incluso, estas emociones se pueden volver a enmarcar como elementos constructivos, positivos y creativos de la vida, ayudando así a los líderes y organizaciones a convertir la pérdida en inspiración. 

Nuestra experiencia de dolor proviene de la resistencia natural al cambio de las necesidades humanas básicas como identidad, propósito, apego y control, entre otras. Cuando sentimos la pérdida de algunas de ellas, experimentamos dolor. Reconocerlo y expresarlo es un primer paso para procesarlo. Generar rituales es el siguiente paso para honrar lo que fue. 

Si de manera sistemática negamos el dolor y lo mimetizamos con la cotidianeidad y acallamos en múltiples formas, viviremos por debajo de nuestra capacidad y tendremos dificultades para relacionarnos con los demás. 

En algunos casos, la pasividad que un líder afligido muestra se le relaciona con frialdad, coercividad, cinismo, sospecha e ira. La infelicidad y la falta de autoestima que un líder afligido siente puede conducir a una falta de respeto por los demás… 

Covid-19 nos pone a prueba como personas y líderes. No podemos negar la realidad que vivimos y el dolor que sentimos. Si logramos verbalizarlo podremos empezar a ser más solidarios con los otros. Y auto sanar y ayudar a que nuestros colegas lo hagan también.