Ivette Estrada

Esta vez arribas descalzo y de puntitas a nuestra vida, para mimetizarte en el silencio y la nada.

No te culpo. Vivimos una era de muchas pérdidas y duelos inconclusos. Comprendo que no traigas cascabeles ni la estridencia de las risas. Vivimos un momento diferente en todo el mundo. Nos asola el miedo, la incertidumbre, el alejamiento social. Es tiempo de cesar las celebraciones. Es hora de meditar.

Tu larga cauda de nostalgia ahora se recrudece. Hemos pasado casi todo el año en casa, nos hemos adentrado a rutinas más mesuradas. Aprendemos día a día a apreciar atisbos de vida como la respiración. La diversión se reinventa ahora en las cuatro paredes de nuestras casas. Hay cantos que se apagan, proyectos que se postergan, amigos que se van.

Poco a poco aprendemos a sonreír con los ojos porque nuestro rostro lo cubren caretas. Algunos retan la solemnidad del miedo y dibujan en ellas sonrisas, les ponen brillos o colores. No hay abrazos ni niños en los parques. La esperanza parece cada vez más raída.

Y así llegas. Mi mes favorito en un campo de devastación. Así despediremos el año. Sin embargo, quiero que revivas el milagro de cada año, que no nos dejes desolados y tristes, que nos permitas avanzar, despedir con profundo amor a nuestros muertos, arropar su imagen con momentos felices, brindarles nuestra propia paz.

Diciembre, no rompas tu magia de siempre. Ayúdanos a sentirnos cerca de los otros, a compartir una oración, a permitirnos caminar, generar esperanzas y recordar a los otros que aún tienen alas para volar.

Diciembre, el mes de las alegrías nuevas, en el que doy una nueva vuelta al sol, danos serenidad. Permítenos apreciar la belleza de la luz y apreciar todas las manifestaciones de vida, recordar nuestros dones y capacidades, abrazar esperanza de que podemos crear entornos más felices al cambiar nuestra visión catastrófica por una más benigna. Ayúdanos a recordar que el amor es lo único que permanece siempre, más allá incluso que la línea de la vida.

Diciembre, querido diciembre, no llegues como a hurtadillas a nuestra vida. Aparece con el aroma de la fruta que se agazapa en los recuerdos, revive en nosotros la infancia dormida, permítenos orar.

A cambio te daremos un racimo de lunas nuevas, las canciones que aprendimos a lo largo de nuestras vidas, la grandeza de nuestros ancestros. Danzaremos para ti en imaginadas hogueras y recordaremos que sólo el Amor está con nosotros siempre, sin importar circunstancias ni carencias.