• Necedad de Donald Trump es el espejo en que habremos de vernos los mexicanos

Miguel A. Rocha Valencia

Más allá del resultado electoral en Estados Unidos y las consecuencias para México, está la posición de quien como acá, se siente dueño de la verdad y la ley, pese al clamor popular de rechazo a una política plagada de mentiras, arbitrariedades, incapacidades y corrupciones en sus años de gobierno.

Donald Trump, se aferra al poder como si fuera suyo, sin importarle las consecuencias sociales, políticas, sanitarias, seguridad y económicas que su necedad causará a los ciudadanos.

Es el reflejo de creerse poseedor de una verdad que desmiente la realidad que sufren los ciudadanos y es el espejo en el que también y desafortunadamente, debemos vernos los mexicanos.

Allá, tendrán que resolver sus problemas como el irresponsable manejo de la pandemia de SARS-CoV-2 que ya cobró la vida de 250 mil estadounidenses; en México “apenas” van 95 mil; de la crisis económica que tiene sin empleo a muchos millones, como en México, la destrucción de estructuras sociales y el daño a instituciones como la electoral que hoy es cuestionada desde el mismo poder, como también ocurre en nuestro país.

En México, como allá, quien está en el poder es incapaz de aceptar la derrota; en todo caso dirá que se trató de un fraude y que la mayoría lo acompaña en sus decisiones arbitrarias, sin escuchar a las mayorías.

Se sienten dueños de la verdad y tuercen la ley, acusan a los críticos de enemigos “comprados” por fuerzas oscuras, sin ver que son ellos los auténticos conservadores y neoliberales y que, en la destrucción o cooptación de instituciones, encuentran el mejor camino para conservar el poder.

Por ello hacen lo que hacen, están enfermizamente convencidos de que sus decisiones personalísimas son las mejores y que las manifestaciones en contrario, son reclamos de estructuras caducas a las que no debe darse paso sino combatirlas a pesar de provenir de la sociedad misma.

Las realidades, cada cual, en su nivel, reflejan las mismas visiones, aunque en sentido inverso ya que mientras allá se combaten estructuras e instituciones desde el capitalismo propio de esa sociedad, acá cualquier asomo de crecimiento implica actos de corrupción; no debe haber avance sino una socialización de la mediocridad, estancamiento o retroceso; eso sería, en la visión del caudillo macuspano, lo democrático.

No se trata entonces de democratizar las mejoras sino el retroceso, socializar la pobreza en todos sentidos, en medio de una crisis de seguridad donde los asesinatos (más de 60 mil) crecen lo mismo que el secuestro y los delitos patrimoniales.

Por eso no hay que generar riqueza, hay que quitársela a quien tiene para “repartirla” entre los cercanos y quienes tienen poco porque no trabajan, estudian ni tienen alguna actividad productiva. Por ese simple hecho, hay que darles.

Es por eso que el tlatoani de Palacio Nacional, por decreto y porque él es la Ley, escamotea fondos a los estados de la Federación, “ordeña” con recortes y “ahorros” a las instituciones públicas, abandona a la empresa privada, genera programas sociales que propicien una base clientelar a través de lo que les quita a otros.

Pero no sólo eso, llama corruptos a empresarios a quienes, en vez de aplicarles la ley con pruebas, los extorsiona y chantajea en actos de corrupción de “cooperas o cuello”, para que aporten a rifas, paguen deudas inexistentes o se sometan si quieren algún contrato para obra pública.

Pero a los rateros de casa los exonera, como sucede con sus hermanos, nueras, hijos y cuñadas, colaboradores cercanos y todo aquél que, con denuncias y pruebas, se exhibe como corrupto. La Cuarta, tiene su propia Ley. El Tribunal se alza en el Zócalo de la Ciudad de México y desde ahí mismo se condena a los que no se suman o se vuelven cómplices.

En el peor de los cinismos y empleo de las instituciones se acusa impunemente y se encarcela: Rosario Robles paga por no cooperar; Alonso Ancira es perseguido por no dar 200 millones de dólares; empresarios extorsionados le entran para rifas; otros prefieren abandonar el país como María Asunción Aramburuzabala Larregui, así como los mexicanos que se llevaron su dinero a otras latitudes porque aquí se les dice corruptos, se les persigue desde el poder y no se respetan las reglas de inversión. Porque se impone la Ley López que ordeña presupuestos y fideicomisos, pero es generoso con los suyos, aunque roben.

También se cancelaron más de 55 mil millones de dólares en inversiones no sólo en energías sino de igual manera en infraestructura y empresas diversas con capital nacional y extranjero.

Y frente a ello, los llamados de los lacayos a que el empresariado no se vaya. Pero si su patrón los corre incluso violentando leyes nacionales e internacionales, no se van a quedar.

Allá, soportaron cuatro años y el país no se hundió; acá son seis años en que el daño será irreversible o tardará lustros en sanar.