Enrique Escobedo

Un día, hace como tres años, escuché una entrevista al doctor Enrique González Casanova en la cual nos explicaba a los radioescuchas que, en el fascismo, el nazismo, el socialismo y el comunismo el Estado era lo más importante y todo se realizaba en nombre de éste. En cambio, en los regímenes autoritarios lo que importa es el individuo que ocupa el cargo de titular del poder ejecutivo. De ahí que quienes lo rodean le rinden pleitesía y juntos disponen de la estructura formal y la maquinaria informal para alabarlo y realizar los cambios jurídicos necesarios a fin de cumplir con las órdenes e instrucciones que reciban. Es decir, el Estado es lo de menos. Desafortunadamente no he encontrado el texto en cual el académico sostiene esa tesis. Pero, sin llevarme los créditos de la misma, yo desprenderé mis conclusiones.

En los regímenes autoritarios lo usual es que el Estado de Derecho estorbe a las ocurrencias y proyectos del “Supremo”, por lo que sus colaboradores, que usualmente son serviles y abyectos, tienden a ejecutar las instrucciones sin fundamento jurídico y en nombre del patriarca. Pero si el desaseo es burdo o descarado, la fórmula a la que recurren es a cambiar la ley, pues en ese tipo de regímenes el Poder Legislativo está subordinado al Ejecutivo.

Otro rasgo del autoritarismo es el culto a la personalidad, sin importar si es de izquierda o de derecha, con lo cual la figura del Estado se desdibuja, erosiona y su lugar lo ocupa la personificación del líder. Luego entonces, la concentración de su poder crece y se impone como una sombra, diría Martín Luis Guzmán. El autoritarismo, no obstante que habla en nombre del pueblo, tiende a ser un control burocratizado en el cual, ante la falta de respeto a las normas jurídicas y procedimientos administrativos, privilegia a la larga el amiguismo y engendra mayor corrupción.

El autoritarismo es el abuso de poder sin contrapesos, pues tiende a subordinar a los poderes legislativo y judicial y predomina el voluntarismo del grupo gobernante. La cual forma una élite del poder que margina, acota e incluso reprime a los medios de comunicación con el propósito de que la crítica desaparezca y solo predominen los periodistas y medios a los cuales consideran leales. La figura del “Patriarca” es intocable y desprecian, mediante estigmas, a quienes piensan de manera diferente.

La historia latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX registra terribles dictaduras autoritarias en las cuales lo importante era la figura de “El Caudillo” quien patrióticamente habría de defender al pueblo del comunismo o de cualquier ideología contraria a la que decían defender.

Hablar y personificarse como el vocero del pueblo sin referirse al Estado de Derecho y el respeto al debido proceso es una singularidad del autoritarismo. Es una fórmula perversa y represiva que en los libros de historia, esos personajes autoritarios, pasan con más pena que gloria.