Enrique Escobedo

Cuando Galileo Galilei (1564 -1642) sostuvo que la tierra no es el centro del universo y que gira alrededor del sol la iglesia católica lo obligó a desdecirse o lo quemaría en leña verde. Galileo sabiendo que tenía razón, que después de él llegarían otros y que finalmente la verdad triunfaría, decidió desdecirse ante los fanáticos religiosos y adoradores del antropocentrismo.

Resulta que la ciencia lo que busca es explicar la realidad mediante un método que se sustenta en hipótesis, análisis, síntesis, tesis y antítesis. Además la ciencia, para que sea ciencia, requiere utilizar atributos tales como basarse en hechos y a los hechos regresar, comprobar y demostrar. Sobre todo, reconoce que es falible.

De los cuatro atributos arriba mencionados es muy importante aceptar que en el proceso de análisis es posible equivocarnos y de ahí que la antítesis es fundamental, así como recurrir de manera pertinente y fundamental a lo que conocemos como prueba y error en ciencias experimentales. Por su parte, las ciencias sociales reconocen la importancia del pensamiento dialéctico y crean nuevos paradigmas, ya que por motivos éticos no se experimenta en dichas ciencias.

Por lo tanto la ciencia no se confronta con la religión que se basa en actos de fe y redacta dogmas que no son demostrables, ni comprobables. Es más, la filosofía de la ciencia no se formula ni las primeras, ni las últimas preguntas. Sin embargo, en la medida en que la ciencia avanza y demuestra la existencia de bacterias y virus como detonantes de enfermedades y en esa misma medida crea medicamentos a fin de sanar a los enfermos, resulta que lo que hace es, sin que sea su intención, ganarle espacio a los mitos de que si alguien se enferma es debido a que ofendió a una determinada deidad.

Entonces las instituciones religiosas y los sacerdotes o chamanes al verse evidenciados por la ciencia y demostrarles que si alguien se enferma es debido a un virus, lo que ellos hacen es: a) seguir negando la existencia de los virus y bacterias, así como del uso de vacunas y medicamentos; aún más, lo que hacen es radicalizar su fanatismo mediante estampitas, limpias con yerbas y amuletos y, b) inventar y crear un debate inútil y estéril entre ciencia y religión a fin de desviar la atención a lo fundamental que es el bienestar y la salud del ser humano y del  planeta.

Son muchos los científicos que son creyentes y devotos de sus respectivas deidades y no viven en el maniqueísmo fanático de que “estás conmigo o estás contra mí”. Por ejemplo Albert Einstein era un judío creyente, pero eso no era obstáculo para que se dedicara a la ciencia física. Como él también encontramos la figura de Pasteur quien era católico e inventó la vacuna contra la rabia.

Resulta que la ciencia no es enemiga de las religiones, ni de nadie. Es una disciplina del conocimiento que, en la medida de sus posibilidades explica, demuestra y siempre está dispuesta a atender las antítesis. La ciencia es un instrumento humano que nos facilita la vida y, en general, su uso es en favor de la vida, pero es cierto, puede ser utilizada por políticos y científicos en contra de la humanidad y nuestro entorno.

Lo que me sorprende es que algunos políticos sigan despreciando a la ciencia y que desde su responsabilidad crean que con un par de estampitas con imágenes religiosas se pueda detener una pandemia y poner en riesgo la vida de miles de sus gobernados. Peor aún, que después nos digan que los fallecidos eran herejes, conservadores o personas de poca fe y que se trató de un castigo divino.

Es un absurdo el mito de que la ciencia es enemiga de la religión, ese no es el debate. El tema central es apoyarse en la ciencia a fin de que cuidemos la vida y al planeta. Que veamos a la ciencia como un instrumento que busca explicaciones  lógicas y racionales de nuestro entorno y que la utilicemos en favor de un futuro mejor.