Enrique Escobedo

Cuando surgen situaciones de crisis en las naciones, la historia registra que son muchos los seres humanos que han pensado que la concentración del poder pareciera ser la solución. Así tenemos, por ejemplo, que, una vez lograda la independencia de México, Agustín de Iturbide presidió la regencia del primer gobierno provisional mexicano y el 18 de mayo de 1822 se autoproclamó emperador. El efímero primer imperio se basó en su idea de que sólo él podría decidir acerca de los destinos de la nación. Lo interesante de la cita histórica es que otros políticos más han pensado y piensan que a mayor concentración de poder es más fácil es gobernar.

Hay quienes pensamos que cuando un solo individuo o en una camarilla de personas centralizan el poder político acaba por convertirse en una dictadura. De ahí que es tan importante defender la división de poderes, la transparencia y la rendición de cuentas y a la democracia definida como la posibilidad que tiene el pueblo de cambiar de gobernantes sin necesidad de derramamiento de sangre. Centralizar funciones o delegar, esa es la cuestión. Uno de los errores más evidentes de la extinta Unión Soviética fue su centralismo sustentado en la idea de la Dictadura Revolucionaria del Proletariado. A lo que me refiero es que al concentrar las funciones de planear, organizar, dirigir y evaluar en una sola persona o grupo y no delegarlas en instituciones donde trabajen expertos en las distintas materias de gobierno como alimentación, salud, educación, trabajo y vivienda es atrofiar a la Administración pública y, consecuentemente, la marcha de una nación.

No estoy diciendo que es mejor un país federal a uno centralista, porque esas son formas de organización de los Estados y si profundizamos en el modelo de centralización rápidamente observamos que son naciones que reconocen a división de poderes, la organización institucional y los órdenes de gobierno.

Mi crítica se concentra en la centralización del poder dictatorial, unipersonal y sin contrapesos, pues son fenómenos de la concentración de poder que se perciben en los ámbitos políticos, económicos, tecnológicos, administrativos, de medios de comunicación o por territorios. Tal es el caso del super subsecretario Hugo López-Gatell Ramírez, quien ahora concentra funciones y atribuciones que son el completo arsenal de la Secretaría de Salud a fin de combatir eficazmente el problema sanitario asistencial.

Tal vez el médico López-Gatell sea un individuo competente en la medicina y en la gestión de recursos. Pero mucho me temo que ese no es el tema. A mi parecer lo que estamos viendo es la alta concentración de atribuciones, funciones y órganos administrativos adscritos a su Subsecretaría porque está consciente de que vamos perdiendo la batalla en contra del COVID-19 y están tomando medidas desesperadas, como en su caso las tomó Agustín de Iturbide, Napoleón Bonaparte en el famoso 18 Brumario o Porfirio Díaz cuando cambió, es cierto que, mediante el cuidado de la forma, la Constitución de 1857 a fin de reelegirse. Son casos emblemáticos, pues son personajes que estuvieron convencidos de que, a mayores atribuciones y mando sobre distintas instituciones, así se arreglaría la situación. Lo cual no es tan cierto desde la perspectiva histórica.

Ya está visto en la teoría administrativa que los buenos gobernantes son aquellos que se han rodeado de las personas competentes y profesionales, así como con capacidad organizativa de delegación de funciones. Pero el actual gobierno despidió a cerca de diez mil médicos debido a los prejuicios de que trabajaron en el gobierno el sexenio pasado y a la austeridad mal entendida. Hoy hacen falta individuos competentes, confiables y probados. No es posible solucionar un problema con una organización sobrecargada de trabajo y de funciones. De continuar con la tendencia personalista en el gobierno actual, pocos frutos habremos de ver.

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