Bernardo López

Entre los métodos de comunicación, las conversaciones persona a persona son las más abundantes en información y datos, pues se encuentran enriquecidas por todo el sistema de pensamiento de la persona, es decir, sus palabras dicen más de cómo es el individuo cuando se encuentra en un ambiente de confianza que le permite desdoblarse y ser él o ella, algo que no sucede en reuniones públicas o con una masa considerable de personas.

Las conversaciones facilitan el intercambio de ideas, acontecimientos pasados, conocimiento, alertas, que permiten a los individuos aprender de la experiencia del otro; pueden llevarte a no cometer errores o a mejorar las habilidades.

Esa información es valiosa, por la cantidad de datos psicosociales que representa, pero también por ser la mejor herramienta de los humanos para vincularse con los demás. De ahí surge la necesidad de controlar ese espacio.

Cuando leí que el Metro de la Ciudad de México ‘aconsejó’ a las personas no hablar para evitar la dispersión del COVID-19, me parece más a una estrategia por controlar las conversaciones entre las personas, que una medida de salud, pues también desde hace mucho tiempo existe una maquinaria propagandística en muchos canales comunicativos, que disemina la idea de calles inseguras, en donde cualquier persona que te encuentras es un posible agresor, cuando en realidad no es así, pero todas los actos de manipulación de los pensamientos ya afectaron a la persona, y lo obligan a no interactuar con los demás, porque la conversación lleva a la organización social: peligrosa para quienes concentran el poder.

No es casual que el Ganso diga que debes ser bueno, no aspirar a ser mejor, no competir, y limitarte a comer maíz, frijoles y arroz -aunque tener esos alimentos en la mesa ya también son un lujo, pues sólo alcanza para una sopa instantanea y un refresco-.

Pero no nos desviemos, las conversaciones persona a persona eran una beta que no se habían explotado, ahora una gran cantidad de empresas te ofrecen el servicio de videoconferencias para intermediar esa actividad humana, convirtiéndola en una mercancía más, que alimenta a las grandes empresas en la mejora de sus productos o servicios.

No debemos desdeñar el potencial de estas herramientas como auxiliares en las labores de los seres humanos, pero no deben mediar el 100 por ciento de las conductas, al menos no lo debemos permitir, porque eso vulnera a todas las sociedades e impiden un libre intercambio de ideas.