Enrique Escobedo

Julio Cortázar, el gran escritor franco-argentino narra en el libro Clases de literatura, Berkeley, 1980, editado por Debolsillo, España, 2016, cómo se fueron creando los personajes de cronopios, famas y esperanzas. A los primeros los describe como seres libres, locos, capaces de las peores tonterías y muy simpáticos. A los famas los define como los antagonistas de los cronopios y reconoce que, de alguna manera con cierta intención irónica, son los representantes de la buena conducta, con mucho cuello, mucha corbata y mucha importancia. Finalmente, los esperanzas, son la posición intermedia debido a que tienen algunas características de los cronopios y tienen un gran respeto por los famas.

Todo lo anterior es la introducción de cómo, en lo personal, veo la vida nacional hoy en día, porque estamos viviendo las crisis de salud, económica, educativa, de seguridad, laboral e institucional, con lo cual el alejamiento y la cohesión social se añoran. Tristemente veo que desaparecen los cronopios, pues se están perdiendo el sentido del humor, la gracia, lo fantástico y perdemos la capacidad de sorprendernos ante lo maravilloso. Los famas están imponiéndose con su acartonamiento y esclerosis múltiple y las sombras de la incertidumbre cada día encapotan más nuestro horizonte. Al respecto los esperanzas, son utilizados por la autoridad como etiqueta de campaña electoral y su figura de mediación se desdibuja.

Incertidumbre y desconfianza son dos adjetivos que califican al primer trimestre del año, no obstante que la vacunación ya empezó, pero no disminuye el número de fallecidos y contagiados por Covid. Tampoco se reduce el crimen y no se atempera la inflación. Es más, lo que crece es el número de feminicidios, de desempleados y de violencia familiar. Es un diagnostico poco halagüeño y nuestras autoridades se quieren disfrazar grotescamente de cronopios y de esperanzas.

La confusión entre el humor y la humorada abre las puertas a la fatalidad y al escepticismo. Peor aún, se polariza la sociedad y aunque algunos piensen que habrá victoriosos y derrotados, lo que se avecina es la tristeza y daños colaterales inimaginables de frustración y dolor.

Las campañas electorales son, desde mi punto de vista, el escenario de mi diagnóstico. La mercadotecnia electoral se reduce a ataques, avances pírricos del gobierno y cuestionables “eslogans” que causan irritación social. Los famas se han apoderado del gobierno y son los únicos que están satisfechos. Las noticias de hace unos días de que México descendió su índice de felicidad y pasamos del lugar 23 al 46, aunque alguien tenga otros datos, son prueba de que lo cómico se está apoderando del buen humor.

Los chistes y ocurrencias acompañados de desplantes e ironías en contra del pluralismo no son la forma mediante la cual saldremos adelante, ni la ecuación para mejorar las crisis que padecemos. Esas actitudes soberbias, en el fondo, son las que sacralizan una ideología dogmática que yo identifico con los famas.  De hecho, la violencia verbal o física es el temor a las ideas diferentes.

Mi nostalgia por los cronopios sé que es pasajera. La situación actual se contraerá y la expansión y dispersión por el gusto de la vida habrán de resurgir. La exclusividad de las ideas o el menosprecio por las diferencias no es una característica de los cronopios, pero sí de los famas y de algunos esperanzas.  Es más, soy de la idea que cuando las circunstancias convergen y algo gracioso nos sucede hay que saber reírnos de nosotros mismos, como los cronopios. El problema surge cuando se pierde el sentido del humor y bajo ninguna eventualidad la gente sabe reírse de sí misma. Esas personas me crean desconfianza y las considero poco profundas.

Lo fantástico resurgirá, el sentido del humor volverá y la tolerancia de las ideas y el pluralismo serán el lugar de recreación de juegos imaginativos y sagaces cronopios que florecerán en las sonrisas que hoy tenemos que esconder por los cubrebocas.