Enrique Escobedo

En política es muy importante saber cuándo, dónde, cómo, qué decir y a quién decir. Las respuestas no son evidentes y no existe, ni existirá un manual que las tenga. De ahí que la política es un arte y una cualidad de los grandes políticos. Sucede que en muchas ocasiones lo que un político dice es importante, pero si carece de la entonación, si le falta de capacidad histriónica o si su discurso lo tutela ante el Congreso o ante una población de menos de 2 mil 500 habitantes todo cambia.

Los políticos tienden a enfermarse de parlorrea, palabra popular que no existe en los diccionarios y significa hablar sin cesar. De ahí que tampoco en los libros de medicina encontrarán ese tipo de enfermedad. La cura es la prudencia, la cual no es una medicina. Quienes sufrimos las consecuencias esa enfermedad somos la población, con la ventaja de que podemos cambiar de estación de radio o de televisión y así evitamos escuchar al político. Pero no podemos evitar sufrir los impactos sociales, económicos y administrativos del derrame inútil de las ocurrencias discursivas.

Cuando un jefe de Estado y/o de gobierno se dirige a la población de su país y utiliza los medios masivos de comunicación hace historia y abre el juicio político. Por lo mismo sabe que su mensaje debe ser preciso, conciso y macizo. Tres cualidades que todo político debe aprender a dominar, pues cada palabra, cada frase y todo el mensaje acarrean consecuencias, inclusive, imprevistas. De ahí su delicada y firme construcción.

Si un mandatario habla todo el tiempo de todo, no focaliza su discurso hacia poblaciones específicas y se dirige a todos por igual; acabará por no dirigirse a nadie. Por eso lo importante, en ocasiones, es que dicho mandatario delegue en algunos miembros de su gabinete los discursos con los mensajes, pues ahí queda clara una estrategia de comunicación política de un régimen.

Centralizar los discursos o comunicarse por las redes sociales a fin de responder todo el tiempo a todo y a todos no es gobernar, es estar atento a los asuntos coyunturales y dejar de lado los estructurales. Es priorizar lo urgente sobre lo necesario y confundir lo estratégico sobre lo táctico. La trillada frase gobernar es comunicar es cierta pero limitada si no se informa de hechos, de realizaciones, del respeto de compromisos y de acciones cumplidas.

El discurso político no puede ser igual durante una campaña electoral que cuando ya se es servidor público. Son muchas las diferencias y distintas las circunstancias. Lo que un presidente dice queda para la posteridad y lo que calla también. Es el arte de la política y la sensibilidad del político lo que determina, en gran medida, lo que se debe decir, quién hacerlo, cómo, cuándo, dónde y a quién. Pues la prudencia evita la enfermedad de la parlorrea.