Enrique Escobedo

Existe una definición atribuida al politólogo italiano Giovanni Sartori que la define como la posibilidad de cambiar de gobernantes sin derramamiento de sangre. Por supuesto que es una definición acotada y encriptada, pero nos sirve para recuperar que el concepto es una orquestación de voluntades con conciencia, a fin de transitar pacifica, responsable y organizadamente de un grupo de individuos que nos gobierna a otro.

La máxima casa de estudios es señalada por algunos grupos de activistas de que la Universidad carece de Democracia. He aquí la respuesta: la Democracia es directa e indirecta. La primera se refiere a que por voto libre, directo y secreto elegimos a nuestros representantes y gana quien obtenga el mayor número de sufragios; sucede exactamente lo mismo en la UNAM al elegir a nuestros consejeros estudiantiles y profesores ante los respectivos consejos técnicos de cada escuela, facultad e instituto, también así elegimos, maestros y alumnos, a nuestros representantes ante el Consejo Universitario.

Dichos órganos colegiados se reúnen y sus sesiones son abiertas a fin de que asista quien así lo desee. Por lo tanto es afirmativo que si hay democracia directa. La segunda acepción, la democracia indirecta, se refiere a que el Consejo Universitario vota libremente y elige a los miembros de la Junta de Gobierno la cual designa al Rector y a los directores de escuelas, facultades e institutos. Mediante esa fórmula superamos dos obstáculos que se registran en la historia de la democracia universitaria.

La primera Ley Orgánica de la UNAM, promulgada el 10 de julio 1929 y que entró en vigor el día 26 de ese mes y año indicaba que el Presidente de la República propondría una terna a fin de que los universitarios eligiesen a su rector; lo cual fue un mazacote. Consecuentemente eso orilló que se promulgara una segunda Ley Orgánica el 23 de octubre de 1933 a fin de que  por voto libre directo y secreto de estudiantes, profesores y trabajadores se eligieran a las autoridades universitarias y eso acabó en un pesadez ingobernable. Posteriormente, el presidente Manuel Ávila Camacho envió al Congreso de la Unión la ley Orgánica que aún rige a la Institución (DOF 6 de enero de 1945) y ahí se propuso la creación de la Junta de Gobierno y esa fórmula le ha dado gobernabilidad y fortalece nuestra autonomía.

Hoy algunos activistas tienen tomadas instalaciones universitarias y entre sus demandas exigen la renuncia del rector Enrique Graue y de la Junta de Gobierno, lo cual significa que ese movimiento estudiantil, lo que en el fondo desea, es atentar contra la autonomía universitaria, pues al desaparecer a esas dos figuras el gobierno se apoderaría de la conducción de la Universidad Nacional, con lo cual se corre el riesgo de que se elimine el examen de admisión y se rife el ingreso a la UNAM.

Autonomía es sinónimo de conducción responsable con libertad y capacidad de gobernarse a sí mismo. Es un ejercicio que evita el abuso de poder en manos anónimas disfrazadas de libertad. La democracia para que sea democracia debe estar acotada en reglas de operación y sujeta a procedimientos ortodoxos de pleno respeto al derecho. Imagínese amable lector que mediante asambleas manipuladas se elijan a las autoridades universitarias o, peor aún, que los requisitos para ser autoridad universitaria exijan militancia partidista.

Es cierto que la UNAM es una universidad de masas, pero eso no significa que las masas sean quienes se conviertan en potenciales votantes y en probables elecciones manipuladas por entes externos a la casa de estudios elijan a las autoridades, o peor aún, que en asambleísmos controlados por grupos de choque definan el futuro de la educación superior. Lo que está aconteciendo en nuestra Máxima Casa de Estudios es un peligro y defenderla es apostar por el futuro del conocimiento humanístico y científico de nuestro país, así como de sus procesos democráticos de libre discusión de las ideas.