Enrique Escobedo 

En lo general son siete las formas mediante las cuales se expresa el voto popular. La primera es el voto a favor de un candidato sin que el partido sea lo importante. La segunda es el sufragio de castigo que es una forma de protesta en contra del partido en el poder. La tercera se refiere a la lealtad al partido, sin importar quién es el candidato. La cuarta es el voto útil que es en favor de quien ocupa el segundo lugar en las encuestas poco antes de la jornada electoral. La quinta es el voto frívolo que es en favor de un vecino o un comediante, por ejemplo, Cantinflas. La sexta es el diferenciado, léase el votante reparte los sufragios entre los distintos partidos políticos; lo cual por cierto es una expresión del equilibrio de poderes, y la séptima es el abstencionismo que, a su vez, se divide en dos vectores; el primero es cuando el ciudadano no acude a votar porque todo le parece una farsa absurda y el segundo es cuando el votante acude a las casillas y anula su voto tachando la boleta.

De las siete formas de sufragar me detendré en el voto útil, pues probabilísticamente es al que muchos mexicanos recurrirán en la elección del próximo mes de junio. Lo cual tiene lógica ya que es una clara manifestación de preservar la democracia pluripartidista en la Cámara de Diputados. La intención es que nuestros representantes debatan de manera inteligente, incluyente y enriquecedoramente. El voto útil se acompaña usualmente del voto de castigo, por lo que no tiene que ver con el nombre del candidato, ni el partido; de lo que se trata es de evitar la conformación del monopartidismo o el engendro de un partido de Estado.

Se prevé que la elección de junio será un parteaguas en la vida política de México y estoy de acuerdo. Ya que es claro que el gobierno desea regresar a las épocas del carro completo y omitir la voz de la disidencia. De ahí que las campañas electoras serán por buscar votos, pero a diferencia de las anteriores elecciones intermedias, éstas serán electrónicas y con poca presencia en lugares públicos y concurridos. Aún más, serán campañas distantes sin muchas audiencias, lo cual me lleva a plantear la hipótesis de que los candidatos del partido Morena lo que buscarán será arroparse en la figura presidencial y manifestarse en contra de la corrupción y ofrecer el cambio de la transformación. Por su parte, los candidatos de la oposición ofrecerán ser la voz que no se escucha en el Palacio Nacional.

Morena y los cinco partidos que apoyan al actual gobierno harán todo lo posible a fin de que se fragmente el voto y, por lo mismo, la composición de la cámara se vea plural, aunque de facto no será cierto. Por su parte, los otros partidos invitarán al voto útil con el propósito de que esté representada una oposición con fuerza. Pero no serán campañas a fin de convencer a los indecisos.

Las encuestas a las que los ciudadanos tenemos acceso nos hablan de que una gran parte de la ciudadanía ya tiene decidida su posición. Es decir, o se está con el gobierno o se está en contra del gobierno. Lo cual es interesante, pues lo que se aprecia es que los inconformes con la actual administración no tienen decidido el partido político por el cual votarán, simplemente saben que sufragarán por la segunda fuerza debajo de Morena o por la primera si acaso el candidato va por encima del de Morena. Es una apuesta pragmática, aunque carezca de ideología. Pero en muchas ocasiones la política exige realismo y sacrificio, pues lo que está en la mesa del debate es la estrategia de superación de las crisis sanitara, económica, educativa, institucional y energética. En otras palabras, seguimos por el mismo camino o definimos otra opción.

Por todo lo anterior, las campañas que formalmente empezarán el 4 de abril tendrán como propósito convencer a los votantes de que acudan a emitir libremente su voto. Pero no habrá que convencer a los indecisos acerca del partido por el cual votar.