Enrique Escobedo
Estudiar al Estado es entender que es un ente evolutivo debido a las características y atributos que lo singularizan. Desde que el hombre dejó de ser nómada, vive en sociedad y fortaleció la división del trabajo nació el Estado como una forma de defender el territorio de dicha sociedad y de proteger a los habitantes organizados mediante la creación de la idea de la justicia desde el Estado a fin de que los seres humanos no confundiesen justicia con venganza. Así pues, el Estado tiene dos propósitos: mitigar la escasez y mitigar el conflicto social.
Por lo anterior, la primera forma de organización del Estado fue el esclavista que se caracterizó por vivir de una economía de guerra y ocupación a fin de que los pueblos conquistados pagaran tributos y fuesen esclavos al servicio de los triunfadores. Ese Estado desapareció con la caída del imperio romano de occidente y el cambio de las ideas políticas imperantes de esa época, así nació el Estado Feudal que se organizó en siervos y señores feudales y mediante la permanente lucha entre la iglesia de Roma y los feudos. La Edad Media terminó con un nuevo giro de las ideas políticas, pues surgió el Estado renacentista, la globalización, las monarquías absolutistas y el antropocentrismo. Pero con el surgimiento de nuevas ideas en torno al poder nació el Estado Moderno al amparo de la Revolución Francesa que se caracteriza por el reconocimiento a las soberanías territoriales, las libertades o Derechos Humanos, la igualdad jurídica entre los seres humanos y la imagen de la fraternidad universal. Sin embargo, ese Estado también sufre el cambio de las ideas políticas y, desde la caída del muro de Berlín la firma del tratado de Maastricht en 1992 nace y se fortalece la idea del Estado Supranacional. Es decir, el concepto de un Estado que también se rige por leyes internacionales.
A muchos no les gusta la concepción del fortalecimiento de la globalización y mucho menos aceptan que las soberanías deben reconceptualizarse, pero es irremediable. Hoy la interdependencia entre las naciones es una realidad y se han creado leyes internacionales que regulan dicha mundialización. Es un hecho que los tratados comerciales, culturales e industriales obligan a los gobiernos a firmar acuerdos en los cuales todos ceden soberanía ya que así se fortalecen, vigorizan sus economías y extienden los principios de desarrollo sostenible y sustentable.
Pero siempre existen los reaccionarios que desean que sus respectivas naciones cierren sus fronteras, que se regrese al proteccionismo, a la sustitución de importaciones y que se desplieguen cortinas como la de acero en la Europa oriental de la posguerra, la de bambú con el maoísmo y la de nopales con Luis Echeverria.
Esos pensamientos regresivos que invocan a Juan Escutia y al romanticismo cursi de que “como México no hay dos” lo único que logran es retardar el debate de las ideas acerca de lo que hoy sociológicamente debe de entenderse como la mexicanidad del siglo XXI. Pues la reconfiguración de las ideas políticas y culturales acerca de un solo planeta y una sola humanidad son una realidad y los desafíos ya son mundiales. Tal es el caso del agua dulce, la ecología, el calentamiento global y la superación de la pobreza más allá de políticas asistencialistas.
Llama la atención de que el gobierno del presidente López Obrador insista en defender la anacrónica idea de soberanía del Tratado de Westfalia de 1648. No le quito mérito alguno a ese Tratado, pero el mundo gira y más nos vale entender que el Tratado de Comercio con los Estados Unidos y Canadá es supranacional y que la postura de esos países ante la anodina reforma al Poder Judicial les perjudica y, por lo mismo tienen el total y legítimo derecho a opinar acerca de esa reforma.
Nos guste o no esa es la realidad jurídica, política, cultural y económica del México del siglo XXI y, por lo mismo, debemos reconocer que ya vivimos en la época del Estado Supranacional que deja atrás la idea virginal de la soberanía nacional.

