Enrique Escobedo 

Etiquetar significa, en la segunda acepción de la palabra, calificar o juzgar a alguien superficialmente, también es apodar a alguien, muchas veces puede ser un buen mote y en otras llega a ser peyorativo, insultante y ofensivo. Estigmatizar o infamar, en la colonia, era marcar a alguien con hierro ardiente, sobre todo en el rostro, y condenar esa persona para el resto de su vida. Hoy en día se define como el rechazo social de un grupo por creencias unidimensionales y prejuicios que van en sentido contrario a las normas culturales o ideológicas de ese grupo. Finalmente desechar, para fines de este artículo, es apartar o minimizar a una persona si resulta incómoda, inútil o molesta.

En la política, sin importar el país o la época, es relativamente fácil encontrar pasajes en los cuales se recurrió y se continúa utilizando dicha triada. Es una forma de deshacerse de los contrincantes o enemigos políticos. Tristemente encontramos que una de las técnicas más utilizadas es el perjurio o falso testimonio. De ahí que participar en la política lleva riesgos y la posible pérdida de la honra a los ojos de la gente, no obstante que todo sea mentira. Por eso la técnica de Goebbels, el propagandista de Hitler “una mentira repetida mil veces acaba por ser verdad” o aquella que sentencia y que hasta donde se no es de él, pero se la atribuyen “enloda, enloda que, aunque se limpie, algo le quedará”. Son dardos venenosos que ahora se multiplican debido a la posibilidad de anonimato de las redes sociales.

Etiquetar, estigmatizar y desechar tiene mayor efectividad cuando se tiene el poder, pues en política muchas veces no es tan importante lo que se dice, sino quien lo dice. Un estadista no utiliza ese recurso debido a que las consecuencias son la división de la sociedad, los insultos y las descalificaciones. Un político, con tal de tener aprobación inmediata si recurre a la triada. Esa gran diferencia marca generaciones y de ahí la importancia de entender lo que significa inclusión, tolerancia y pluralismo.

Veo con preocupación que la sociedad mexicana, mediante el fenómeno de la imitación extralógica, repite conductas y patrones carentes de razonamiento y descalifica, a priori, todo aquello que le es ajeno, desconocido o que considera su enemigo. Lo cual es peligroso debido a que la intolerancia es la antesala del rencor, el resentimiento y, peligrosamente, de la violencia. Esa imitación cuyo modelo proviene del Palacio Nacional está generando en los diferentes estamentos de nuestra sociedad olas tipo tsunami que se vuelven imparables y destructivas.

El presidente de la República tiene todo el derecho a etiquetar y estigmatizar porque en 24 horas ya desechó a quien lo criticó y es su modus operandi. Pero no debe hacerlo porque es el jefe del Estado Mexicano. Por su parte, la sociedad etiqueta, estigmatiza y, como el Avaro de Moliere, acumula; también tiene el derecho y tampoco debe. Estamos incubando el huevo de la serpiente.

El circulo vicioso podría romperse si el Primer Mandatario deja de estilarse con esos “tres pasitos” y cambia su discurso en favor de la unidad nacional. Por su parte la sociedad no dejará de etiquetar porque el chisme y el rumor son elementos de cohesión social, pero ya no tendrá un patrón de comportamiento emanado desde la más elevada magistratura, con lo cual los niveles de estigmatización se reducirán a miles y miles de microcosmos.

La triada aquí mencionada es un esquema peligroso por lo delicado de su manejo, la fragilidad de su equilibrio y porque su desbordamiento y pérdida del control podría cuantificarse en número de muertos y cualificarse como una guerra civil. Ojalá me equivoque y las habilidades del presidente sean suficientes para canalizar y embridar lo que él cree que desecha, pues lo puede desbocar.