Enrique Escobedo

La eutanasia es la intervención voluntaria humana que acelera la muerte de un paciente terminal de una enfermedad clínicamente decretada como incurable, a fin evitar más sufrimiento y dolor en el enfermo. Se utiliza como un método estudiado y consciente que realiza un médico a solicitud del paciente y/o sus familiares.

La legislación mexicana distingue le eutanasia en activa y pasiva y está legalizada, hasta donde recuerdo, en Aguascalientes, Michoacán y la Ciudad de México. Pero hay controversias debido a que la Ley General de Salud expresa su prohibición. El debate es fuerte porque instituciones como las iglesias y organizaciones conservadoras se oponen terminantemente debido a sus respetadas creencias místicas, pero México es un país laico. De ahí que los debates han sido estériles. Recuerdo que, a principios del año pasado, enero o febrero, la secretaria de Gobernación Olga Sánchez Cordero dijo que la eutanasia se legalizará en nuestro país. Pero ante las crisis sanitaria y económica el tema se olvidó y dudo que, por los tiempos políticos actuales, desde el gobierno quieran abrir un frente de batalla más. En todo caso, la actual administración lo llevará hasta después de las elecciones del próximo año. Lo que es un hecho es que no está en la agenda parlamentaria de este periodo.

Resulta que muchos de quienes han sobrevivido a la enfermedad del Covid-19 quedaron, hasta donde se sabe que es el corto plazo, con secuelas neurológicas como perdida del olfato, fatiga muscular y lesiones en los pulmones que tendrán problemas de absorción respiratoria por el resto de sus vidas. Tal vez en algunos casos se puedan recuperar y lo deseo sinceramente. Pero muchas personas verán disminuir su calidad de vida en los mediano y largo plazos. Entonces el tema de la eutanasia volverá a ser centro del debate.

Seremos una generación marcada, no obstante que la vacuna llegue el próximo año. Léase, las secuelas que deje el virus en millones de seres humanos en el mundo aún son indeterminadas, pues las ciencias de la salud no pueden saber acerca de las consecuencias dentro de cinco o diez años. Sin embargo, las ciencias sociales pueden determinar escenarios que faciliten la convivencia. De ahí que el tema de la eutanasia estará presente y, a mi parecer, es que se legalice desde ahora.

Reconozco que es un tema delicado y muy controversial, pues las investigaciones químico-biológicas descubren medicinas contra enfermedades otrora incurables y el tema ético del Estado de provocar la muerte, aunque sea asistida, también levanta ámpula. El caso es que no será fácil su aprobación y tampoco es fácil encontrar el momento adecuado.

Durante la segunda guerra mundial se registran casos de partisanos italianos y resistentes franceses que mataban a sus compañeros heridos en acción a fin de que no cayeran presos por los nazis y fuesen torturados. Esas decisiones también las encontramos en la revolución mexicana y movimientos guerrilleros. Claro que esos contextos son extremos. Afortunadamente no tenemos esos escenarios bélicos hoy en día, pero el dilema de la decisión ante el sufrimiento persiste, pues el común denominador es la piedad ante el dolor, la cual es un sentimiento no necesariamente divino, que nos recomienda un deber como seres humanos, incluso a niveles de sacrificio.

En una biografía que leí de adolescente acerca de la vida de Franz Kafka, recuerdo que ante los terribles dolores que padecía por la tuberculosis y la pulmonía le dijo a su mejor amigo “Mátame, de lo contrario me asesinarás”. Ignoro si esa frase es novelada. Lo que me queda claro es que la eutanasia es una decisión personal, de la familia y del Estado. El debate tendrá que abrirse.