• Niños héroes ingresaron al Colegio Militar sin tener la edad reglamentaria

Pedro Flores  

Su heroísmo y amor por la patria no está en duda, su entrega por defender los colores patrios ha trascendido las fronteras y fue digno de reconocimiento de los mismos invasores Estados Unidos, sin embargo, existió influyentismo e irregularidades en la situación académica de los Niños Héroes de Chapultepec.

Por ejemplo, Juan de la Barrera, originario de la hoy CDMX, fue hijo del general Faustino de la Barrera, fundador de la fábrica de pólvora, e ingresó por “petición oficial” al Colegio Militar a los 12 años, cuando la edad mínima de ingreso era a los 14 cumplidos.

En el libro “Los 7 Rayos” del historiador Antonio Velasco Piña, señala que, De la Barrera en la lucha de 1847, era Zapador y colocó trampas en los alrededores del Castillo y que cuando encontraron su cuerpo, en el uniforme traía una carta dirigida a su madre María Dolores Valenzuela.

Vicente Suárez, nacido en Puebla, ingresó al HCM a los 13 años, también por recomendación de su padre el teniente de caballería Miguel Suárez, quien estaba casado con María de la Luz Ortega.

Suárez, quien el día de la invasión estaba de vigía, marcó el alto a los invasores matando a varios, hasta que se le acabaron las balas, luchó cuerpo a cuerpo y murió de un bayonetazo en el pecho.

El haber caído en las faldas del Castillo, originó entre algunos historiadores una confusión, ya que lo confundieron con Juan Escutia, quien fue el que evitó que la bandera nacional cayera en manos de los soldados norteamericanos.

Por cierto, Juan Escutia era de Tepic, Nayarit, y no se encontraron muchos antecedentes escolares, por lo que “en su momento” fue considerado alumno “agregado”, tecnicismo que se usaba en esa época para los irregulares, en tanto se tramitaba su ingreso.

De Francisco Montes de Oca, Chintololo, originario de Azcapotzalco, podemos decir que era el “Nerd” de la generación, ya que sacaba 10 en todas las materias, hijo de José María Montes de Oca y Josefa Rodríguez, a él le tocó defender la puerta del Jardín Botánico. Luego de matar a varios invasores, fue cazado por un norteamericano que lo abatió desde una azotea, su cuerpo duró tres días abandonado, hasta que lo rescataron. A su madre, ya viuda, se le asignó una pensión de 0.80 centavos diarios.

De Francisco Márquez, según el historiador se sabía que era huérfano de un padre del mismo nombre, pero su padrastro Francisco Ortiz, era capitán de caballería y “sugirió” su ingreso al HCM a los 13 años. Este joven, recibió en las rampas de acceso a los invasores, también se le acabaron las balas y a bayoneta calada siguió luchando, cuando encontraron su cuerpo estaba acribillado de balas.

Agustín Melgar, era un joven de tradición militar su abuelo del mismo nombre y su padre Esteban Melgar, habían sido militares, de su abuelo se supo que estuvo al cargo de la garita de Paso del Norte (Ciudad Juárez) y que en una ocasión unos contrabandistas le ofrecieron dinero para que les dejara pasar mercancía y su respuesta fue la horca a los malosos.

Melgar, el día de la invasión le tocó cuidar el lado norte del Mirador, desde ahí los repelió, recibió un tiro en la pierna, otro en un brazo y un bayonetazo en el costado izquierdo, quedó inconsciente, cuando lo rescataron, le cortaron la pierna y el brazo, pero no lograron salvarle la vida.

Fue hasta 1952 cuando sus restos fueron colocados en urnas de cristal y plata y cubiertos con una bandera nacional, durante una ceremonia militar, con escolta de cadetes del H. Colegio Militar y de la academia de West. Point de EU, con la presencia del presidente Harry S. Truman y de Miguel Alemán Valdez, fueron llevados a donde empezó todo, al Bosque de Chapultepec, ahora conocido como el Altar de la Patria.

Destaca el historiador Velasco Piña que en la memoria de los gringos y de los mexicanos quedará por siempre la frase de los soldados norteamericanos al ver a nuestros héroes… SON UNOS NIÑOS.