Enrique Escobedo

Cuenta la leyenda urbana que un día alguien le recomendó al presidente Adolfo Ruiz Cortines a un joven político trabajador, capaz, preparado e inteligente. A lo que el veracruzano respondió con una pregunta ¿inteligente para qué? Honestamente no sé si sea cierta esa anécdota, pero no lo dudo debido a que ese tipo de respuesta le era común.

El caso es que la pregunta, más allá de la posible fábula es correcta cuando se trata de ocupar cargos de responsabilidad en cualquier trabajo y, de manera especial, en la Administración pública. Cómo y para qué utilizan los servidores públicos su inteligencia es un asunto que a todos nos incumbe, pues nosotros les pagamos, deciden en nuestro nombre y, dentro de sus responsabilidades, está el destino de los recursos de la nación, así como el de las futuras generaciones.

La inteligencia, a decir de los psicólogos responde, al menos, a una taxonomía de ocho rubros tales como la lingüística, la musical o la lógico matemática. Lo que es un hecho es que la inteligencia, en su definición más elemental es la capacidad que tenemos de comprensión, conciencia, aprendizaje, conocimientos de nuestras emociones, razonamiento, creatividad, pensamiento crítico y autocrítico y capacidad de resolución de problemas. Lo cual no nos dice mucho. De ahí que se han diseñado exámenes para medir eso que se llama el IQ o coeficiente intelectual como resultado de una serie de exámenes estandarizados, pero hay psicólogos que cuestionan ese tipo de pruebas.

Para ser presidente de un país, la historia así lo ha demostrado, no se requiere ser tan inteligente como las sociedades lo desean. Sin embargo, llegan por el voto popular y se encumbran en dichos cargos. El tema por debatir es, por un lado, un asunto de la democracia, pues votamos por candidatos, pero no por ejecutores del puesto. Por el otro lado votamos por personas que lograron llegar a ser candidatos y creemos que por ese hecho es, de suyo, un mérito. Pero no hay respuestas definitivas acerca del tipo de inteligencia y su uso en un cago de responsabilidad gubernamental, pero sí de su competitividad en algún puesto. Lo cual me recuerda el estudio que realizó en la década de los años sesenta del siglo pasado Laurence J. Peter quien escribió el libro “El principio de Peter” o el “Principio de incompetencia de Peter”, cuya tesis central se basa en trabajos de jerarquiología y sostiene que las personas realizan bien su trabajo y son promocionadas a puestos de mayor responsabilidad, a tal punto que llegan a un nivel de incompetencia. Por su parte José Ortega y Gasset con ironía escribió que “los empleados públicos deben descender hasta su grado inmediato inferior, porque han sido ascendidos hasta volverse incompetentes”.

La tesis, si se desea, puede ser debatida, pero en las oficinas de administración y desarrollo de personal tanto públicas como privadas saben que el fenómeno del ascenso de una persona y el riesgo de que alcance su nivel de incompetencia es una realidad. Es lo que en México decimos coloquialmente “el puesto le quedó grande.”

Queda claro, por lo anterior, que no soy el único que sostiene que no es lo mismo ser un magnifico e inteligente opositor a ser un magnifico e inteligente presidente. Los trabajos de Peter han sido profundizados por otros estudiosos de la psicología social de las organizaciones, pues los costos de que alguien ocupe un puesto de responsabilidad y ese sea su nivel de incompetencia son muy altos.

Es entonces cuando me acuerdo de la frase de Ruiz Cortines, pues su preocupación sincera tenía que ver con el sentido de utilización de la inteligencia. Es decir, en favor del servicio público o en favor de una carrera egoísta de un político ambicioso que sólo aspira al poder por el poder.

Para ser presidente se requiere, además de un cierto tipo de inteligencia política, tener cualidades tales como capacidad de organización, cierta malicia, visión de Estado, conocedor de la condición humana, habilidades y competencias que eviten que las situaciones lo desborden sistemáticamente y honesta sinceridad patriótica. La responsabilidad del uso del poder requiere inteligencia a fin de evitar el desperdicio o el abuso del mismo.