Héctor Bárcenas / @porahisinrumbo

La educación aparece y desaparece en el espacio. La familia, la escuela, lugares comunes en los cuales se practican pedagogías, adiestramientos, disciplinamientos del cuerpo, han ido perdiendo fuerza e interés desde hace montones de años. La pandemia que nos azota, solo remarca las deficiencias y desigualdades que se viven al interior de ambas instituciones.

Por un lado, las familias tienen cada vez menos tiempo para pensar en educación, ocio, tiempo libre; y más tiempo para consumir, para endeudarse, tratar de alcanzar apariencias y estilos de vida que nos venden, visten de angustia y revisten de anhelo en un fondo de desesperanza. Los padres ausentes, corriendo tras la chuleta que promete dar un futuro que nunca alcanza. Los hijos solitarios, con prisa por encontrar un lugar entre muerte, enfermedad y apatía.

Por otro lado, la escuela en el mero duelo, tras haber perdido los pocos ladrillos que le daban consistencia. Ahora solo quedan los actores. Algunos tienen la televisión, el internet, los teléfonos, otros la radio, hay unos que ni los libros de texto alcanzaron.

El tiempo de la escuela, de educación se pierde, ya no alcanza para aprender, desaparece el espacio para el ocio. Lo importante se carga más hacia la fuga y menos hacia el juego, el vínculo. No se trata de pedagogía, lo importante es resolver quién cuidará a los niños, que no pierdan el año escolar, que no molesten.

Los maestros, actores en la institución educativa se tambalean como recurso invaluable del sistema. Ya no se puede valuar su importancia, tal vez porque los últimos movimientos gritan que ya no son necesarios, tal vez porque se resquebraja el sistema en silencio. Sus obligaciones son a cada instante más borrosas, dependen en gran medida del nivel socioeconómico de la escuela en la que laboran, las exigencias de los directivos y los padres de familia; su desempeño depende sobre todo del interés e implicación con la educación.

Ya nos dijo el secretario de Educación que todo va viento en popa, que el programa Aprende en casa II, es una maravilla, que esperan los mismos aprendizajes, o más, con sus estrategias tan planeadas y bien estructuradas para estos tiempos de crisis, tiempo de oportunidad.

Las políticas educativas no apuntan a darle un lugar al docente, a la escuela, a la educación. Al menos no a una educación de calidad.

Los maestros, cuando menos una buena cantidad de ellos, se encuentran en el limbo, abandonados, libres de exigencias, con cientos de pretextos justos y válidos para explicar su quietud.

Con la desesperanza hasta el cuello, las desigualdades trozando la sociedad en pedazos y la pereza devorando nuestras cabezas, hay posibilidad de acción. Tal vez dejando de actuar como las víctimas necesitadas del asistencialismo tan exacerbado que vivimos en esta administración, tal vez tejiendo posibilidades con el tiempo entre los dedos. Tal vez apelando por las instituciones que sostienen la educación, apostando por las familias, las escuelas, Los actores pueden dibujar nuevas líneas, hacer marcas. Los padres, docentes, directivos y alumnos, la sustancia que da consistencia a la educación tiene entre sus manos la posibilidad del cambio, de una educación con sentido.

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