Enrique Escobedo 

La expresión política “lo que interesa a dios interesa al diablo y lo que interesa al diablo interesa a dios” me parece acertada y refleja en gran medida una de las esencias fundamentales de la vida política sin importar el tipo de régimen, pues se refiere a observar permanentemente los movimientos del rival, sus objetivos y sus estrategias en su lucha por el poder. Ya que sendas posiciones buscan alcanzar el mismo propósito, léase el dominio o conducción de la sociedad.  

Debido a las formas políticas del gobierno del presidente López Obrador y su deseo de que el partido Morena siga gobernando en el sexenio 2024-2030 y más, queda claro que su estrategia va más allá de “placear” a sus precandidatos a la titularidad del poder Ejecutivo Federal. Su maniobra consiste además en monitorear permanentemente y con lupa todo lo que hacen los partidos políticos de oposición, algunos líderes de opinión y algunos movimientos sociales.  

No puede ser de otra manera si su deseo es regresar a la vida nacional monocromática con un solo partido hegemónico en toda la República, obtener la mayoría absoluta en las dos cámaras del poder legislativo y subordinar al Judicial. Más aún, por sus discursos maniqueístas y acciones encubiertas de humo es fácil deducir que su intención también es marginar a la sociedad civil organizada, llevar a su mínima expresión a los partidos políticos y, de ser posible, amagar y, en su caso, amedrentar a periodistas e intelectuales que piensan diferente a su mundo unidimensional.  

De ahí que está atento a lo que acontece en su partido Morena, sus luchas internas y, sin duda alguna, él es quien palomea a todos y cada uno de los aspirantes a un cargo de representación popular. Aún más, por su condición de animal político, es claro que tiene un equipo de colaboradores, posiblemente en la Secretaría de Gobernación, que estudian y analizan el acontecer de los partidos políticos de oposición y está al tanto de quienes son sus líderes y sus posibles sucesores.  

Alguien me dirá que las tácticas de espionaje entre los partidos políticos siempre han existido y tendrá la razón, pero una cosa es monitorear a los partidos de oposición y otra es injerir en la vida de ellos con el propósito de marginarlos hasta donde sea posible y así dominar la vida pública del país. Lo cual tiene sus aristas, pues son muchos los militantes de los otros partidos que no se dejarán amedrentar.  

Es cierto que el presidente en su discurso niega que en su gestión se implemente el espionaje, pero nadie le compra esa supuesta inocencia. En el ambiente flota la presencia gubernamental que amaga, dribla y esconde sus intenciones de permanecer usufructuando de las mieles del poder. En otras palabras, los intereses del partido Morena de perpetuarse como partido hegemónico en el poder lo obligan a desplegar tácticas y estrategias de defensa y ataque que anulen todo vestigio de oposición. Sin importar los medios. 

El pragmatismo disfrazado de ideología de principios de la actual administración es una mascarada seductora y son millones de mexicanos que le creen todo lo que dice. Consecuentemente, el régimen personalista de la figura presidencial lo que intenta es, con falsa modestia, situarse por encima de la sociedad y desde allí con un lenguaje paternalista proteger las ambiciones transexenales de su gobierno y de su partido en el nombre del pueblo bueno y sabio. Es lo que conocemos como “cesarismo” o un gobierno centrado en la autoridad suprema de un líder carismático que demanda obediencia ciega y se erige ante la sociedad como una persona capaz y heroica.  

No me quita el sueño saber que el dios y el diablo se espían e investigan permanente y recíprocamente. Lo que me ocupa y preocupa es que pareciera que esta administración se niega a convivir con la contraparte y está más atenta a orillar a la oposición con el propósito de gobernar sin disidencia y sin contrapesos.