Enrique Escobedo

La definición más elemental del poder es hacer que otros hagan algo o no lo hagan. Por su parte, el pudor tiene dos acepciones al menos. La primera se refiere al sentimiento de vergüenza ante un cuerpo desnudo o temas relacionados con el sexo. La segunda, que es la que tiene que ver con este artículo, es un sentimiento o una exaltación de ánimo a cierto tipo de expresiones, decisiones o acciones que ocurren en la política. Lo cual significa actitudes vinculadas con la honestidad, la modestia y el decoro.

Un político se presenta ante la gente y la sociedad con una serie de cualidades tales como la seducción, interés por los problemas de la sociedad, carácter afable, capacidad de liderazgo, solucionador de demandas y necesidades y pudor político. Es más, nos hace creer que él posee virtudes de pundonor, respetabilidad, amante de la paz, la justicia, el orden, la ley y orgullo por la historia de la patria. Lo cual puede ser o no cierto.

El caso es que el poder y el pudor están vinculados y, de manera consciente o inconsciente, la sociedad lo sabe. En sociedades puritanas hipócritas como la norteamericana, un político al que le descubren una amante, lo liquida la prensa y la sociedad. En cambio, en Francia, lo ven como algo normal. De ahí que el tema varía según los usos y costumbres. En esencia, tiene que ver con la vergüenza. Eso que en México expresamos como “pena ajena”. Léase, cuando alguien hace el ridículo, es un cínico, fanfarrón y mentiroso, pero se toma a sí mismo en serio.

Los mandos medios y superiores de la administración pública de nuestro país son objeto de permanente observación y seguimiento. Hoy en día, las pesquisas de los medios se encargan de darles seguimiento a sus acciones y declaraciones vinculadas con sus responsabilidades político-administrativas. Incluso, existen redes sociales que se extralimitan al husmear en la vida privada de los servidores públicos. Ahí es donde se trastocan la primera y la segunda acepciones del pudor y eso es un error de análisis. El único pudor que nos debe interesar es el de la conducción política y la toma de decisiones en favor del desarrollo del país.

Resulta que hoy vivimos una atmósfera de política profana en la cual el gobierno desperdicia gran parte del tiempo en voltear al pasado y ponernos cortinas de humo. Con lo cual despierta “pena ajena” pues no se está viendo al espejo y ha perdido el sentido de la autocrítica. La falta de vergüenza, entendida como el sentimiento de pérdida de dignidad ante los insultos que desde el poder se expresan en contra de quienes le critican los actos de gobierno, lo hacen ver que su incomodidad es ridícula, pues precisamente de lo que se trata en una democracia es de avanzar mejorando en donde hay inconsistencias o errores.

Las evidencias son contundentes, la abrupta forma mediante la cual reacciona nuestro gobierno ante la duda social de la marcha del país es la demostración de que el gobierno sabe que su conducción deja mucho que desear y, en términos de eso que llamamos psicología inversa, nos la revierte acusándonos de cómplices del neoliberalismo o de conservadores. Lo cual es irrisorio y en su falta de pudor político señala y culpa a los medios de desvergonzados. Es claro que quien perdió el pudor, el sentido de la honestidad y el decoro no son los medios, ni los analistas; es el gobierno.