Enrique Escobedo

Cuando Winston Churchill ironizó con su famosa frase “la democracia es el peor de los sistemas políticos que conozco, pero no hay otro mejor” sabía que, en efecto, en la democracia hay paradojas irremediables. Permítaseme mencionar tres de ellas: a) Votamos por candidatos, pero no los conocemos como gobernantes; b) En ocasiones los pueblos también se equivocan y, c) el gabinete con el cual va a gobernar es un misterio. Por eso estoy de acuerdo con el ex Primer Ministro inglés.

Por lo anterior estamos viviendo una de las debilidades de la democracia: haber votado por un desconocido e ignorábamos acerca de quienes compondrían su gabinete. Es cierto que el presidente de la República fue jefe del gobierno capitalino, pero en ese periodo era relativamente fácil recargarse en el gobierno Federal; aunque pertenecieran a partidos políticos diferentes. Ahora que ya es gobierno nacional, después de doce años de ausencia en la administración pública demostró desconocerla, lo cual no hubiese sido tan problemático si su gabinete estudiara acerca de los grandes problemas nacionales, del funcionamiento de la burocracia y los grupos de poder. Pero son desconocedores del tema y su curva de aprendizaje se ha notado. Observamos en su equipo de colaboradores la falta de preparación, del entendimiento de las ciencias administrativas, de actitudes y aptitudes del manejo racional de los recursos y de un desconocimiento del Derecho Administrativo y de la importancia de las políticas públicas.

La improvisación se refleja en que la actual clase gobernante confunde austeridad con racionalidad, ignora el espíritu de la Ley de Adquisiciones, paga facturas políticas por la lealtad en la campaña electoral, pero no se designa a la persona adecuada en el puesto adecuado, se continúa con viejos vicios como el nepotismo, la contratación de compadres y se omite el rediseño del servicio profesional de carrera. Se me puede acusar de generalizar, pero difícilmente una Secretaría de Estado pasaría la prueba del ácido si se le audita como marcan las reglas de operación.

La conclusión es que la llegada del partido Morena al poder ha sido un “Quítate tú, para ponerme yo”. En lo político es manifiesto el deseo de un partido único, fuerte y dominante en los estados de la República, en lo social piden obediencia ciega a un proyecto, en lo económico se aprecia la intención de regresar a los monopolios del Estado, en lo jurídico la discrecionalidad en la aplicación de la ley es cínica, en lo administrativo continúan los tramites largos, engorrosos y la corrupción de por medio. No, no hay diferencias con el pasado. De hecho, en algunos renglones hemos retrocedido, como en lo ambiental, en el impulso y la difusión de la cultura, la seguridad pública y la formación de ciudadanía.

La decepción es un sentimiento profundo, crea desilusiones, engendra desconfianza, fecunda apatía y anquilosa el deseo. La idea del cambio debe ser orientada, programada, fijarse metas, tácticas y estrategias que no vulneren las libertades, ni los derechos humanos. ¿Qué cambiar?, ¿Cómo cambiar? y ¿Hacia dónde cambiar? Esas tres preguntas no han tenido respuesta. Me temo que se debe a que nuestra clase gobernante no las tiene. Simplemente ofreció el cambio como discurso, pero sin sentido.

Resulta que en un gobierno llega el tiempo de evaluar las decisiones tomadas con método para saber si decaemos o mejoramos. Los datos que las instituciones autónomas, tales como el Banco de México, el INEGI y el Ceneval nos dicen que hemos empeorado. No es creíble que en la Presidencia tengan otros datos, pues de ser el caso nos estarían ocultando información. Sin embargo, de ser el caso, se reafirma la tesis. Este gobierno es simplemente un ¡Quítate tú, para ponerme yo”.