Enrique Escobedo 

Carl von Clausewitz en su libro “De la guerra” sostiene que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, lo cual puede interpretarse de que la guerra es el medio por el cual los gobiernos procuran asegurar los territorios y recursos que no podrían lograr política y diplomáticamente. De ahí que años más tarde el líder chino Mao Zedong parafraseara la afirmación del prusiano “la guerra es política con derramamiento de sangre y la política es la guerra sin derramamiento de sangre”.

La política es también la lucha por alcanzar el poder, mantenerlo y expandirlo. Por lo cual, en una democracia, se llega al poder mediante un proceso electoral, pero lo importante después de ganar, por ejemplo, la presidencia de la República, es que el triunfador se fortalezca mediante el nombramiento de servidores públicos capaces y competentes que puedan conducir a las instituciones de manera eficiente, eficaz y con resultados positivos de impacto social y económico, logre legitimidad social y confianza ciudadana. Posteriormente despliegue una serie de tácticas y estrategias que le permitan expandir la presencia del partido político triunfador.

Esa receta la sigue al pie de la letra la actual administración mediante sus brigadas de jóvenes denominadas “Servidores de la Nación” que visten chalecos color guinda y aluden al partido Morena. Consecuentemente este gobierno está dispuesto a mantener su poder y hacer transexenal su proyecto. Por eso la urgencia de que los bancos del Bienestar lleguen a casi todos los municipios del país, que se vacune al mayor número posible de mexicanos y se justifique su aeropuerto, entre otros aspectos.

Sin embargo, crear “sospechosismo” en las instituciones de la República, desde la investidura presidencial, como es el caso de la Auditoría Superior de la Federación (ASF) y sembrar desconfianza en su trabajo es un triunfo pírrico y el costo, en términos políticos y de Administración pública, será muy elevado. Surgen al menos tres reflexiones sobre el asunto. La primera es que, efectivamente, ese órgano del poder Legislativo se equivocó, lo cual es grave, pero no significa que la metodología de trabajo esté incorrecta y que el resto de la fiscalización sea erróneo. La segunda tiene que ver con el interés personal de quitar al actual auditor y que el cargo sea de alguien a modo y responda a los intereses del poder Ejecutivo; lo cual es contrario al espíritu de la división de poderes. La tercera reflexión es la que muchos mexicanos tenemos ¿dónde están y cuáles son esos otros datos que dice poseer el titular del poder Ejecutivo Federal? Es claro que, al sembrar la semilla de la desconfianza en las instituciones, simultáneamente el presidente siembra otra igual en su parcela. La consecuencia es que la sociedad no va a tomar partido por una u otra posición, simplemente no creerá en ninguna de las dos posturas.

La polarización social que está desatándose desde el Palacio Nacional es peligrosa, pues conlleva el ingrediente de la fe ciega en algo o en alguien, pero no en la demostración comprobada metodológicamente. Luego entonces, corremos el riesgo de la terrible sentencia de von Clausewitz mediante el parafraseo de Mao y abrir las puertas de la violencia como forma de arreglar nuestras diferencias.

La ASF tiene sus antecedentes en el Tribunal Mayor de Hacienda de 1524, cuando la corona española decidió fiscalizar a Hernán Cortés debido a las alegres cuentas que rendía a Madrid. Luego ese órgano pasó por muchos nombres y reformas. De hecho, la Constitución de 1824 la concibe como el Tribunal Mayor de Cuentas y es la expresión genuina de prevenir y evitar la corrupción. Desde entonces esa institución existe con otros nombres en nuestro país.

La violencia verbal que se está generando al sembrar la desconfianza hacia los órganos autónomos que cumplen con su responsabilidad puede llegar al punto de no retorno. Más aun cuando no tenemos acceso a “los otros datos”. La desconfianza y la fe ciega en un gobierno terminan por engendrar temores, dividir a la sociedad y transitar de un país de instituciones a uno de caudillos.