Paco Ramírez / @ramirezpaco

Hoy la discusión gira en torno a la extinción de 109 fideicomisos, fondos sin lugar a dudas fundamentales para el apoyo de millones de mexicanos en actividades específicas, una decisión polémica.

Dice el presidente que los fideicomisos se expropian “porque había corrupción” y no lo dudamos, pero como siempre en los últimos 23 meses, la forma en que se deciden los cambios, no solucionan el problema.

Corrupción sí, pero ¿Y dónde están las pruebas? ¿Dónde están los documentos que lo avalen? ¿Dónde están las investigaciones? ¿Dónde los culpables? ¿Porque acabar con todo y no solo extirpar lo malo?

Extinguir los fideicomisos presupone la cancelación de una gran cantidad de proyectos científicos, académicos, culturales, deportivos y artísticos. También reafirma la intención del Presidente Andrés Manuel López Obrador de centralizar los recursos para tener el control de cada peso del presupuesto para asignarlos de manera discrecional.

El artículo 4º transitorio de esta reforma señala que treinta días después de aprobada, el gobierno podrá tomar control de $68 mil 400 millones de pesos aproximadamente, lo que dará una bocanada de oxígeno financiero a los proyectos presidenciales y a los programas sociales.

Nadie podría negar que el Presidente tiene razón en que muchos de los fideicomisos surgieron o se convirtieron en cajas chicas para favorecer a recomendados o fomentar el cuatismo. La Auditoría Superior de la Federación detectó en diversas oportunidades el manejo discrecional que se daba a estos recursos para los que no existían tantos controles.

Lo malo de los fideicomisos públicos es el uso y abuso de ellos que permiten la evasión de responsabilidades y dificultan el seguimiento del dinero.

Como es el caso del Fonden el fideicomiso del Fondo de Desastres Naturales, que ha sido vital en el apoyo a cientos de miles de damnificados y cuya poca transparencia y efectividad ha quedado evidenciada en más de una ocasión.

Los desastres naturales son vistos por los corruptos como una suerte de bendición, pues con ellos llega su momento de saquear las arcas, de desviar a sus bolsillos dineros que deben ir a los damnificados y que no llegan a su destino ni en tiempo, ni en forma, ni en cantidad.

Corrupción hay y ha habido sin duda, pero no todo es blanco o negro y extinguir los fideicomisos no es la solución

Por más que insista el Gobierno Federal en que los beneficiarios seguirán recibiendo los apoyos, los recursos, ya están asignados por la propia autoridad, que en un principio dijo que servirían para reforzar los programas sociales y más tarde que se emplearían para la adquisición de vacunas contra covid-19, medicamentos y equipo médico.

Los recursos no se eliminan, se administran mejor han dicho las autoridades, pero, administrar mejor no hace crecer el dinero y a menos que se recorten los presupuestos, el dinero no alcanzara para todo.

Hasta ahora, la motivación que explica la extinción de los fideicomisos no se traduce en acciones de justicia. Si tan mal operaban, ¿por qué en estos casi dos años de gobierno no se regularon o se metieron al orden?

Se advierte sí, una clara intención de asumir el control de los recursos, sin que nadie haya aclarado las reglas de operación, los mecanismos de reasignación y la forma de entregar los apoyos.

No nos dejemos engañar.

Urgen recursos para la administración, de donde sean, porque ya se esfumaron los ahorros, la política económica sin rumbo ni plan para reactivarnos.

Hoy los recursos millonarios de los fideicomisos desaparecerán sin saber su destino.

¿Qué sigue? Porque la realidad es mucho más compleja

¿Quién pone orden en la casa?