Aleinad Mina  

Es comprensible que la cultura ‘del mercado’ reprima el conjunto de tendencias que impulsan al hombre a sobrepasar su condicionamiento. De ahí que omitir la pasión, miedo, depresión, melancolía, la angustia humana sea el mainstream del mercado fabricante de sonrisas falsas, pues con la búsqueda de esa falsa felicidad o el pequeño bienestar es más fácil acarrear al rebaño. Edvard Munch nos presenta lo sublime de la catabasis, sus cuadros son una cartografía de un alma que se entrega a la angustia como apuesta de su voluntad creativa.

Edvard Munch (1863-1944) nació en Noruega y sus obras son un referente dentro del expresionismo. Sus expresiones artísticas se relacionan con la subjetividad humana, a partir de la angustia y distintos tipos de sentimientos que se valoran como terrenos peligrosos y sombríos para la racionalidad del hombre moderno. Leemos este fragmento sobre su propia búsqueda: “Así como Leonardo estudió la anatomía humana y disecó cuerpos, yo trato de disecar almas”, su obra representa los valores atormentados de la condición humana.

Su infancia estuvo marcada por la muerte de su madre y su hermana Sophie. Estas circunstancias se ven representadas en cuadros como La niña enferma (1885- 1886), Muerte en la pieza del enfermo (1895), La madre muerta y la Niña (1897-1899). Entre la depresión, el alcohol y la vida artística, se crea el estereotipo del artista bohemio, una línea narrativa distinta a los progresos del hombre moderno.

¿Qué es “sólo pudo haber sido pintado por un loco”? Es una inscripción en lápiz puesta en El Grito (1893) —su obra más famosa— en la esquina izquierda de la parte superior del icónico lienzo. Munch negó ser el que garabateó su obra con tal frase. Así pues, se especuló que la intervención era un reclamo de algún espectador indignado con la obra. Desde su primera aparición pública esta obra ha sido polémica por el tema y el estilo provocador.

Sin embargo, el Museo Nacional de Noruega confirmó —hace unos días— que la caligrafía le pertenece Munch. Todo esto puede apuntar a una conjetura, sabemos que el artista asumió su propia experiencia de vida como una posibilidad creativa, y reconoce en esa angustia un lienzo vacío.

Sin importar la intención del artista, sea una travesura o un juego, es una burla a la crítica y a la recepción de la obra; no es sino desde la mirada externa que se juzga tal angustia como locura y esa la locura dentro del arte no es novedad, ya el romanticismo, por ejemplo, había explorado este territorio, pero es auténtica en la medida de que rompe con el mainstream estético operante del siglo XIX.