Aleinad Mina

El siglo XX comenzó a reconstruir la noción del arte, se empezaron a considerar nuevas manifestaciones artísticas como el performance, esto dio lugar a que distintas prácticas buscarán posicionarse dentro del campo artístico. La gastronomía y el arte culinario entraron en esta polémica, de hecho, en las ferias de arte se consideró la experiencia culinaria como parte de la oferta cultural, cabe preguntarse si ¿es legítimo comparar un cuadro de Andy Warhol con un platillo?

Desde el antiguo Egipto la comida ha estado presente en el arte de los bodegones, que en el siglo XVII este tipo de representaciones fue muy popular. Algunos bodegones -también conocidos como naturaleza muerta- eran simplemente cuadros decorativos con un buen manejo técnico, alegorías, retratos de lo efímero, o simbolismos religiosos. En el siglo XVI, el pintor Giuseppe Arcimboldo utilizó la comida como elemento de composición de sus retratos, pintó rostros humanos dándoles forma con todo tipo de frutas, flores, verduras y raíces.

La comida ha estado presente en el arte como medio de representación incluso en lo contemporáneo, pero en sí misma, ¿puede ser arte? Parece complicado afirmar que, al degustar un platillo o una bebida, uno puede tener una experiencia contemplativa, quizá alguien sale de un restaurante diciendo que ha cambiado su percepción del mundo, pero no precisamente que su comida le provocó tal reflexión.

Hay que considerar que una obra de arte expresa alguna idea. El artista refleja en su obra su estado interior, su visión del mundo, ésta puede ser contemplada estéticamente, y nos genera una emoción, un sentimiento, o una reflexión. ¿Los platillos están hechos para tener una experiencia contemplativa? en principio, la comida no puede ser contemplada a detalle, puesto que nuestro sentido de gusto es limitado, no tiene la misma capacidad de memoria, además, la comida misma es efímera.

La comida en sí misma no tiene ningún significado, puede tener significado a partir de su contexto, por ejemplo, el pan de muerto, o las calaveritas de azúcar representan en nuestra tradición cultos y rituales de nuestros antepasados, o el Plato del Séder de Pésaj que forma parte de un ritual festivo judío; pero uno tiene que recurrir al contexto para que la comida tenga significado, porque en sí misma no lo tiene.

La filósofa Elizabeth Telfer argumenta que además de esto, la comida no puede conmovernos, puede generarnos sensaciones, pero esto no implica que la comida nos cause emociones complejas como lo hace el arte, considera que sólo es un arte simple que no se equipara con las Bellas Artes. En realidad, no todo el arte tiene la intención de generar emociones complejas, prueba de eso son los mismos bodegones decorativos. El arte que tiene como máximo valor estético la belleza, busca el placer estético, el placer retiniano, y la gastronomía nos da el placer gustativo, en tal caso no hay porqué excluir a la gastronomía de su categoría artística.

La gastronomía es potencialmente un arte. Una parte de la gastronomía se relaciona directamente con el arte. Hay platos que tienen la intención de ser apreciados estéticamente, el chef Ferran Adrià ha producido experiencias sensoperceptivas, este es un ejemplo en el que la gastronomía es una forma de arte. La culinaria es el arte de preparar una experiencia sensoperceptiva, de manera auténtica y creativa, puesto que cada chef y cada región otorga la autenticidad de crear una experiencia única al preparar un platillo.

La producción estética de lo culinario requiere de un talento que involucra las capacidades reflexivas y culturales del chef, no sólo involucra la técnica para preparar los alimentos sino además requiere que sus productos sean concebidos deliberadamente para generar una experiencia culinaria innovadora, auténtica y conceptual. Toda experiencia sensoperceptiva tiene un valor artístico intrínseco.