Aleinad Mina

Jheronimus van Aken, el Bosco, es uno de los pintores más enigmáticos de la historia del arte, en principio porque se conoce muy poco de su vida y además porque sus obras tienen elementos alegóricos con toques irreales que bien reflejan una realidad que se enlaza con lo fantástico y el mundo onírico.

El Bosco es contemporáneo de Leonardo Da Vinci y de Rafael, su trabajo se centra a finales del siglo XV y principios del siglo XVI, sin embargo, su pintura tiene elementos que se alejan de lo común de su contexto histórico. Sus cuadros se animan con una belleza perturbante, evocan paisajes oníricos tormentosos o ensombrecidos por eso, es común que al ver sus pinturas se le relacione con el surrealismo. Un poeta de la metáfora pasional y de la irracionalidad, vamos a explorar sólo la estela de El jardín de las delicias, una de sus obras más importantes, como invitación para posteriormente sumergirse en la imagen misma.

Jheronimus formó parte de una familia de pintores que trabajaron durante seis generaciones. Fue un extraordinario pintor de los países bajos y su obra se ubica entre la pintura medieval y la pintura del renacimiento, aunque su estilo es completamente original. Se sabe que fue miembro de la cofradía de Nuestra Señora, este punto contradice los falsos testimonios que le señalan como hereje o perteneciente a alguna secta de alquimistas.

Una de las obras más famosas del Bosco es el jardín de las Delicias (1490-1500), que representa principalmente la manera en que la ideología cristiana concibe el pecado, y los placeres mundanos, un tema tabú para aquella época. Actualmente se encuentra en el museo del Prado, en Madrid, y su autenticidad moldeada por su estilo, forma y contenido, hizo trascender a lo que se esperaba de la pintura renacentista. Si uno observa El jardín de las delicias por primera vez, es muy común tener la sensación de estar frente a una obra surrealista, una vanguardia del siglo XX, por eso El Bosco es sin duda un pintor adelantado a su época. A pesar de tener un tema particular, vemos en esta obra, personajes irreverentes, lúdicos e irónicos, disfrutando las delicias del placer y también se figura el tormento, el enojo, las pasiones bajas con una belleza inigualable.

Se trata de un tríptico, el primer contraste lo encontramos si está cerrado o abierto. Cerrado encontramos una escena de una esfera gigante, la Tierra, pintada en tonos grises, tal escena, representa el tercer día de la creación, el momento en que se crea la tierra y desplegado el tríptico se miran tres escenas complejas, dos de estas muy coloridas y la última en tonalidades negras. La narrativa se estructura en tres escenas: el panel izquierdo, el paraíso, donde se representa el último día de la creación, con Adán y Eva; en el panel central se representa la lujuria, y todo tipo de arrebatos sexuales y carnales; por último, tenemos la tabla de la derecha donde se representa el infierno, un escenario apocalíptico y cruel en el que el ser humano es condenado por sus vicios y pecados.

Es una obra compleja, a primera vista se ven muchas figuras pequeñas dispersas por todo el espacio, y a medida que vas deteniendo la mirada y detallando las imágenes, te encuentras con una serie de personajes de apariencia humana, animales, seres fantásticos, demonios, en diversas actividades, todas éstas relacionadas con el lado más oscuro del ser humano. Entre las escenas más cómicas, del panel derecho de la pintura, encontramos un individuo con música escrita en su trasero que parece haber sido aplastado por un arpa gigante incrustada en un laúd, ante una audiencia de monjas, monstruos y un personaje que parece un sapo. Lo magnífico de esta obra, es que hasta el más mínimo detalle desprende un hedonismo fantástico que refleja la bestialidad humana.