Aleinad Mina

Cuando pensamos en arte solemos recurrir a las maneras legítimas de expresar lo más humano. Vamos a las artes visuales, al teatro, la música, el cine, pero no parece que estas actividades agoten por completo lo que es el arte. De hecho, si revisamos la historia del arte vemos que el contexto histórico determina lo que se considera o no arte, aunque en el siglo XVII propiamente se institucionalizaron las llamadas Bellas Artes. Sin embargo, hay otros dominios en el que el hombre ha formado una poética del mundo, ¿por qué no es legítimo decir que la alquimia, el tarot o los videojuegos no son arte, sí visualmente tienen y comparten valores que se relacionan de manera directa con las artes de retina?

La imaginación excede los límites que demarcan lo real, en su plena libertad puede hacer que el mundo se organice de una manera extraordinaria. La poética del mundo se manifiesta en función de este gran poder del ser humano. Los genios y los locos poseen en común una imaginación incisiva y distante de la realidad. Transforman la realidad según su imaginación, sin embargo, hay diferencia de que la imaginación sea una ilusión o fantasía -y en este sentido puede ser peligrosa- o que sea a partir de un entendimiento y cierto orden propio, que la convierte en una genialidad.

En este punto, el arte que tiene por origen ser creada por una imaginación genial puede transformar la realidad. Transmutar el mundo es intervenir desde una serie de intereses que conforman la base afectiva del artista, pues estos condicionan la manera en que los estados del alma poetizan la realidad de manera innovadora: transmutan el cobre en oro. Por eso, es complicado hacer una distinción excluyente entre la alquimia y el arte. No parecen en absoluto pertenecer a dominios distintos, sólo que institucionalmente se rechaza a la alquimia según una serie de prejuicios.

También la alquimia ha sido tomada como pseudociencia durante muchos años, y se dice que la química viene de esta perspectiva alquimista, sin embargo, es evidente que numerosos papiros y libros alquímicos son tratados psicológicos que han sido tomados literalmente y mal interpretados. El psiquiatra suizo Carl Gustav Jung, en su libro Psicología y alquimia, crítica la literalidad que se le ha atribuido a las representaciones simbólicas de los alquimistas. No es nuestro asunto profundizar en sus atribuciones psicológicas, sino en su valor estético y artístico. No desde un punto reduccionista porque los papiros alquimistas tenían funciones más allá de la simple contemplación, pero lo mismo sucede con las tragedias griegas que buscaban la catarsis del espectador, sólo que las tragedias son consideradas arte y la alquimia se mantiene al margen de tal ámbito.

Desde la Edad Media el arte alquímico fue utilizado como un medio para transmitir conocimiento mediante imágenes simbólicas. Los alquimistas representaron conceptos, ideas, mitos antiguos, principios herméticos en imágenes simbólicas, que animaban las profundidades del psiquismo humano, incitando a la desbordante imaginación y es complicado no imaginar un cuadro de Hugo Simberg, Gustave Moreau o Remedios Varo con estas características.

Atalanta Fugiens (1617) es una obra alquímica, que sin duda es también una obra de arte, por sus imágenes simbólicas, que van acompañadas de una composición musical. La obra está compuesta por 50 emblemas grabados, 50 piezas musicales o fugas y 50 epigramas. Además de ser un tratado alquímico que se apoya en la música y en los emblemas, su lectura se extiende a dos perspectivas, a saber, la del iniciado que trata de comprender en códigos simbólicos los procesos de la alquimia y la del no iniciado o simple espectador, que contempla una obra bella, pero al mismo tiempo críptica. Con su estilo realista paisajístico de finales del siglo XVI, Atalanta Fugiens, es sin duda, un compendio artístico que resplandece como una velada obra de arte.

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