Aleinad Mina

El Arte es una mentira que nos acerca a la verdad, así se expresaba Pablo Picasso en unas declaraciones hechas a Marius de Zayas en 1923, sobre sus hallazgos artísticos y su aportación a las vanguardias del siglo XX. La historia del arte está hecha de inscripciones heterogéneas, si hacemos una retrospectiva de lo que su historia nos muestra vemos que el arte es el paradigma de la innovación.

Los artistas nos han convencido de la verdad de sus mentiras, porque como dice Picasso, no buscan encontrar la verdad sino encuentran un mundo propio que no se acata a los juicios de verdad. Hacen suyo el poder recreativo que subyace en el arte. El arte en toda su flexibilidad no se agota en la técnica, ni en su función, ni en la mejor representación, tampoco en la narrativa, su horizonte es actualizar sus perspectivas. Como si la visión del artista respecto a su mundo no fuera dada de manera definitiva para conservar la transformación de la realidad y afianzar la creación humana.

Los artistas de inicios del siglo XX encontraron que se podía desterrar a la belleza del arte, ésta tesis marcó una manera de concebir de nuevo, paradójicamente, un nuevo canon en el arte hasta hoy vigente. Además, no sólo no hicieron de la belleza algo insuficiente para el arte, sino que la dotaron de mala fama.

Desde la época del Renacimiento el arte comenzó a mostrar una relación intrínseca con la belleza. Los aristócratas italianos encontraron en el arte un bien económico y de estatus social, así encontramos el mecenazgo en el arte que impulsó el trabajo artístico, por ejemplo, de Miguel Ángel o de Leonardo Da Vinci, para que embellecieran los epicentros de Italia. Pero en el siglo XVIII con la Ilustración se establece el “Sistema moderno de las Artes” representa una nueva forma de entender y distinguir a las Bellas Artes de las artes mecánicas.

El artista moderno es el genio cuyo talento nos hace experimentar una satisfacción estética al mirar su obra. El arte está al servicio de la belleza y fomenta la idea de experimentar el mundo de manera estética, intensificando su belleza por sobre todas las cosas. El ideal de la belleza es perseguido aún en el pensamiento romántico, aunque empiezan a brotar de éste ideal ciertas contradicciones. El mundo de la belleza ofrecía una ilusión que cada vez que se llegaba a ella se desvanecía, los excelsos gustos que ofrecía la cultura de la modernidad, tuvieron como efecto colateral La Primera Guerra Mundial.

Ese hecho atroz desembocó en la subversión total del arte, en el movimiento Dadá. Un grupo de artistas de distintas nacionalidades y refugiados se reunían en el Cabaret Voltaire en Zúrich durante la Gran Guerra, para atentar en contra de esas grandes máximas de la modernidad: el progreso, la verdad y la belleza. Los dadaístas marcaron una reivindicación artística, el arte más que forma era un grito político, una ideología y una manera de vivir que rechazó los cánones de la tradición. Desde la propuesta Dadá el arte disuelve toda jerarquía oprimente, la obra se libera del autor, de su función placentera, de las reglas del buen gusto, rompen con la belleza intrínseca en el arte. El arte Dadá es político, provocativo, sin sentido, el crítico de arte, Arthur C. Danto, menciona que el abuso de la belleza se convirtió en el elemento de desprecio para estos artistas, que veían en el arte una alternativa a los principios impuestos por la modernidad.

Danto se pregunta ¿De dónde le viene a la mala fama a la belleza?, pero parece ser aún más fundamental saber ¿Qué consecuencias ha traído concebir el arte a partir de una serie de valores y los antivalores que compensan hoy el caduco estatuto de la belleza? El arte entendida como un reflejo cultural evidencia el peligro de no tomar en cuenta las consecuencias y fomentar un mundo desde la exclusión, la jerarquía, la aniquilación, la indiferencia, el narcisismo, la mutilación, el marketing del placer, la arbitrariedad y el autoritarismo, sin atender a ningún otro territorio humano.