No sé por qué se maravillan,

cuando no hay nada en la tierra una sola cosa

que el olvido no borre o que la memoria no altere

y nadie sabe en qué imágenes lo traducirá el porvenir.

Jorge Luis Borges

Aleinad Mina

Aristóteles en su obra atribuida a la Física II, se pregunta si existe un fin natural en las cosas, o sí es el azar el que determina la regularidad de la naturaleza, menciona: ¿Qué impide que la naturaleza no haga las cosas con vistas a algo, tal como Zeus llueve; no para un crezca el grano, sino por necesidad que caiga, ¿que lo que se ha elevado se enfríe y caiga convertido en lluvia?, continua, ¿Es azar que llueva en verano y no en invierno?

Estas discusiones nos dan la apertura en un terreno propiamente teológico natural, se trata de un ámbito físico de la naturaleza con vistas a tener un propósito determinado. En el caso de la lluvia evaporarse y luego caer, esto es aprovechado por el grano, bajo el mismo orden natural. Quizá la naturaleza sea a la vez casualidad y determinación, porque en estricto sentido aún hoy no hay algo que demuestre como de hecho son las cosas, no tenemos certeza si hay determinación o azar en la naturaleza. Mirar y aprender de lo que dicta la naturaleza ha sido parte de la búsqueda del ser humano, ha poetizado la naturaleza y los fenómenos naturales los ha configurado en símbolos.

La lluvia es la fecundidad en la tierra, tal como nuestras acciones que veladas o no por Maya, van dibujando nuestro camino, un camino de prosperidad. El hombre crea cuando aprende a observar si sus acciones son azar o sí su voluntad determina su camino. Es ahí cuando podemos hablar de prosperidad, de frutos cosechados tras las tormentas de verano.

Contemplar el lenguaje de la naturaleza nos permite tener un estímulo para hacer distinciones introspectivas, pero tenemos que tener en claro que estamos en un dominio subjetivo. Esto es que, si nos posicionamos siendo capaces de determinar nuestras acciones, lo que hacemos y somos, no se trata de un determinismo natural, porque nuestras acciones serían contingentes, en el sentido de que desarrollamos nuestras acciones en función de nuestras condiciones naturales y sociales. Por eso frases tan trilladas como nos tocó estar en el lugar en dónde tenemos que estar, funcionan bien en este primer plano. La idea del karma en un sentido de predestinación o destino lo ejemplifica bien, pero aquí la prosperidad es azarosa y contingente según nuestra naturaleza y nuestro orden social.

La noción de karma desde el budismo es una fuerza activa, nos lleva a tomar una acción con fundamento en una libre voluntad. Para poder entender cuál es el propósito determinado de nuestras acciones, primero tenemos que saber antes quienes somos y cómo actuamos. De modo que el ejercicio de introspección nos da claridad de lo que somos y lo que hacemos, bajo nuestro estado multifacético de ser, estando inmersos en un dinamismo constante interno y externo, pero con la capacidad de ejercer nuestra voluntad. Las acciones no son leyes inexorables, sino estamos en el lugar que queremos estar porque nos damos cuenta cómo afectamos el mundo y cómo estamos siendo afectados por el mundo. Tenemos potencialmente una acción determinada pero nuestra voluntad de actuar nos hace responder a un propósito vinculado con nosotros mismos. Aquí nos damos cuenta que no es azar estar en el lugar que estamos sino una red de actos que pueden cambiar.