Aleinad Mina  

Cada vez es más común encontrarnos con expresiones artísticas que cuestionan la idea canónica del arte. El arte elevado, reflexivo, contemplativo, bello ya es una manifestación pasada de moda, sus grandes valores han sido insuficientes y problemáticos para los que degustan de la vida en toda su gama de experiencias. Una vez más las circunstancias históricas hicieron posible cuestionar la noción del arte con la siguiente pregunta: ¿son arte los videojuegos? Una cuestión polémica que, sin ser reciente, y tener muchos argumentos a favor, hoy en día no pensamos que los videojuegos son arte. Sin embargo, en distintos museos del mundo se han hecho exposiciones de este arte millennials.

Muchos videojuegos son de una gran narrativa visual, la música y el diseño que los escenifica pueden reconocerse como un aporte artístico, nadie dudaría que hay arte en los videojuegos, pero qué razones hay para afirmar la frase trillada: los videojuegos son arte en sí. En 1989 la exposición Hot Circuits: A Video Arcade, presentó por primera vez los videojuegos dentro de un recinto institucional artístico en el arte Museum of the Moving Image de Nueva York. La exposición presentó los videojuegos instalados en el terreno del arte por la experiencia que enlaza al público con la tecnología, mediante el ocio y el juego. Tenemos aquí el lugar institucional que han tenido dentro del museo, pero no es suficiente la aprobación canónica, para que un videojuego sea considerado arte.

Entonces cabe preguntar ¿la naturaleza de los videojuegos comparte elementos semejantes a la literatura, a la música o a las artes visuales? El diseñador Hideo Kojima destaca entre los creadores más exitosos de los videojuegos por Snatcher o Death Stranding, sus rasgos específicos tienen una característica muy particular que al jugar de inmediato identificamos ese mundo postapocalíptico de Kojima, así como cuando miras una escultura o un cuadro de personas gordas y de inmediato pensamos en Fernando Botero, podemos afirmar que hay un artista que le da identidad a su obra, tanto en los videojuegos como en el arte.

Además, la relación entre el espectador y la obra, en el caso del arte exige en algunos casos ser receptivos a la obra, mientras que podemos decir que, en el caso de los videojuegos, este elemento se vuelve fundamental. Un rasgo esencial del videojuego es la interactividad, y aunque sobre todo el arte contemporáneo se construye con una participación activa del espectador no es un rasgo intrínseco a la noción de arte.

Respecto a la obra artística y el videojuego, no podemos decir que la función del arte se reduce simplemente a ser una experiencia contemplativa o reflexiva, puesto que la historia del arte deja en claro que el papel del arte está estrechamente relacionado con su contexto social. De modo que sí en esencia el propósito de los videojuegos es lúdico o de entretenimiento, hay distintas funciones en el arte, cierta línea artística tiene la función de reproducir la realidad, hay arte político que busca intervenir críticamente en asuntos políticos y sociales, y encontramos arte que busca principalmente regocijar la pupila por la representación de la belleza. Así que se vuelve confuso excluir a los videojuegos del arte según su función.

En esta línea que divide la función lúdica de los videojuegos para distinguirlos de la función del arte, encontramos la postura del crítico de cine Roger Ebert quien afirma que los videojuegos no son arte. Entre los distintos argumentos que aporta para distinguir estos ámbitos, me parece interesante rescatar un criterio sustancial de los videojuegos: cuando juegas sabes que tu propósito es ganar. El ganar o perder se vuelve distintivo para esta actividad, mientras que el arte se experimenta con mayor libertad sin esperar un resultado determinado.

Realmente es interesante esta pregunta dentro del arte, porque deja ver una vez más que la concepción del arte es demasiado flexible. Si rastreamos su historia vemos cómo distintas prácticas entran dentro del mundo del arte, y los juicios canónicos, no son suficientes pues la experiencia va por delante de cualquier categoría. Mientras que para el mundo de los videojuegos parece que la categoría artística es accesoria, jugar The Walking Dead, The Legend of Zelda o Atari son una experiencia vivificante que no necesita de más.