La vecindad con el fin de año puede provocar que pensemos un poco en cómo se viven nuestras tradiciones: ¿qué diferencias las hacen nuestras?, ¿pasa algo si se las altera?

Generaciones previas nos han enseñado cómo mantenerlas y disfrutarlas; sin embargo, hay en el mundo (cuya mayor parte hoy espera otro milagro de Navidad: la consecución de la vacuna) ciertos relatos que apuntan a una dirección algo contraria a la bondad y la paz, y que constituyen más bien un escenario de terror.

San Nicolás (celebrado el 6 de diciembre) es, por decirlo de algún modo, el que anuncia la Navidad en Bélgica, Países Bajos, Alemania, entre otros países. Sin embargo, como en toda historia, existe un personaje que se podría presentar como su némesis: el Krampus.

Dicho personaje, emparentado tradicional y hasta familiarmente con el santo referido, está en el espectro opuesto: si aquél entrega regalos a los niños buenos, éste castiga a los que se portan mal; si aquél es bonachón y colorido, éste es severo y oscuro; si uno es humano, el otro no lo es y su apariencia es más terrorífica: largos cuernos, pelaje negro abundante, lengua roja, patas de cabra: ya no se distingue si es un fauno o si es un demonio.

Algo similar sucede ahora, en un escenario más terrible y cercano. En plena pandemia, donde en México los decesos se cuentan por cientos de miles y palabras como “hospitalizaciones” o “intubados” tristemente se han incorporado a nuestra tradición, existen los que llaman a la no celebración, a la precaución y al aislamiento. El beneficio de este buen comportamiento es claro: no contagiarse y no contagiar.

Por otro lado, están aquellos que, en un tono más candoroso y alegre, nos invitan a cuidarnos, pero sin sacrificar las libertades; a guardar precauciones, pero “prohibido prohibir”.

Un ejemplo de esto es el confuso exhorto que ha venido haciendo el presidente López Obrador a lo largo de las últimas dos semanas, refiriéndose a la crítica situación de saturación hospitalaria que enfrenta la Ciudad de México: “…son diez días, eso es lo que le pido a la gente, estos diez días sobre todo, porque del 14 al 24 se llenan las calles…”, y continuó diciendo: “Ya el 25 ya baja hasta Reyes, porque por lo general (…) la gente sale a ver a sus familiares porque los que vivimos aquí, la mitad somos de los estados o tenemos familiares en los estados.”

Todas las autoridades sanitarias han advertido del riesgo que representa para los pobladores de pequeños municipios (con poca infraestructura de salud), la llegada de visitantes con altos índices de contagio. ¿Por qué no mejor pedirle a la gente que no salga de la ciudad? ¿Por qué no ser prudente?

En su afán de prohibir las prohibiciones, el presidente deja de lado las recomendaciones en un tibio intento por contener la desesperación que se vive en el seno de muchas familias mexicanas.

Este mal es como aquel del relato medieval de don Juan Manuel, La Golondrina y el Lino, cuyo final rotundo es el que sigue: “Los males al comienzo debemos arrancar / porque una vez crecidos, ¿quién los atajará?”

No sea que, por querer ser Santa Claus y llevar buenos regalos a los familiares, alguien termine siendo un Krampus disfrazado, propagando enfermedad en lugar de felicidad.