Querer “pasar a la historia” implica, de manera natural, ser consecuente con esa historia a la que se intenta acceder: protegerla, preservarla, honrarla. De manera contradictoria, un movimiento cuya vocación autoimpuesta es “hacer historia” resultó, en la práctica (y mediante la confrontación), muy poco favorable para aquellos antecedentes en los cuales dice inspirarse. Ha bastado medio sexenio para constatar que en este gobierno no hay más brida que el azar y, paradójicamente, es el azar aquello que se ve forzado a tambalearse o extinguirse por decreto.

Nuestra Lotería Nacional fue fundada con el nombre de “Real Lotería General de la Nueva España” el 7 de agosto de 1770 por mandato del rey borbón Carlos III, lo que la convierte en la más antigua de Latinoamérica. Desde un inicio, este organismo tuvo el objetivo de ser incluyente y accesible: los billetes podían comprarse en distintas modalidades (cuartos, medios y enteros) para ofrecer mejores precios. De esta manera, las personas de todos los sectores de la sociedad han tenido la oportunidad de participar en ella para intentar cambiar su suerte con la gracia de Fortuna expresada en un número.

Con más de 250 años a cuestas, esta centenaria institución ha pasado por cambios de nombre, ha sido suspendida y vuelta a activar, consiguió su carácter constitucional, mudó su sede y, sobre todo, contribuyó con recursos para múltiples obras importantes en la historia del país (por ejemplo: la construcción del Ferrocarril de México-Toluca con Benito Juárez, la edificación del Hospital General y el Manicomio General La Castañeda). De ahí deriva su nombre completo: Lotería Nacional para la Asistencia Pública.

Sobreviviente del virreinato, de la Independencia, de la Revolución, del porfiriato y del neoliberalismo, la humilde y anacrónica Lotería sufre un nuevo embate del recién llegado “transformismo”. Cientos de años después de su creación, un nuevo régimen —que subió al poder con la bandera del bienestar popular— ahora ha determinado “fusionarla” con otro organismo (Pronósticos para la Asistencia Pública), lo cual significa cambiar de raíz su propósito institucional de beneficencia por uno que sirva como mera herramienta de propaganda gubernamental.

La Lotería se ha vuelto icónica: sus cachitos de colección y sus vendedores, los niños gritones… y todo eso puede desvanecerse en el aironazo de esta transformación. La situación es grave, hoy los funcionarios a cargo le rezan a la tómbola para que nadie se saque el “Premio Mayor” por no tener con qué pagarlo. Tan caprichoso es el azar que ahora es la Lotería la que necesita sacarse la lotería.