El 9 de febrero de este año, fue el primer aniversario luctuoso del feminicidio de Ingrid Escamilla, joven brutalmente asesinada a manos de su pareja en un departamento ubicado en la Alcaldía Gustavo A. Madero, Ciudad de México. Su feminicida, que hizo gala de una violencia inaudita al asesinar a la joven de 25 años, se encuentra en el Centro Varonil de Rehabilitación Psicosocial (CEVAREPS), dentro del perímetro del Reclusorio Sur. Este caso provocó una inmediata indignación social, pero no fue único de ese año.

Esta tragedia, sumada a muchas otras más, dio como resultado que el año 2020 fuera uno de los más violentos para las mujeres en México: de acuerdo con el último reporte del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), el año pasado se registraron 220 mil 28 denuncias por violencia familiar, un promedio de 603 carpetas de investigación cada día; y un total de 689 mil 388 llamadas de emergencia al 911 por violencia familiar ­una cada 45 segundos. Si aterrizamos estos datos a la violencia que viven las mujeres en la Ciudad de México, tenemos que 3 alcaldías concentran el 40 por ciento de las agresiones: Iztapalapa, Cuauhtémoc y Gustavo A. Madero.

Estas cifras nos deben obligar a cuestionamientos y, sobre todo, a acciones inmediatas: ¿qué podemos hacer para evitar que las mujeres de nuestro país vivan con miedo? ¿Qué debemos analizar, cambiar y mejorar en nuestras conductas, nosotros, los hombres? ¿Qué mecanismos del Estado están fallando?

Es indudable que la pandemia ha planteado múltiples retos en todos los rincones del mundo; sin embargo, no podemos negar que atender la violencia de género en nuestro país debiera de ser un tema principal en la agenda nacional: nuestras hermanas, hijas, amigas, vecinas, día a día, están siendo silenciadas. Vivimos en un país que no quiere a sus mujeres, y eso debe de cambiar.