La insensatez no da tregua. Por si hiciera falta un asunto espinoso, apareció otro para que siga la mata dando. A lo largo de las semanas anteriores y en los días recientes, se informó la necia voluntad (disfrazada de necesidad) de implementar algunos cambios a los libros de texto gratuitos.

Dicho así, el asunto parece obvio y hasta resultaría provechoso o, por lo menos, plausible. La educación en nuestro país vive un punto en el que nunca se imaginó con la educación virtual, la cual agravó los problemas de deserción y rezago, y sumó otro: la salud mental de miles de niños, niñas y adolescentes.

En el afán de querer “resolverlo” todo, el actual gobierno pretende hacerlo al vapor o de manera ocurrente y sin medir las consecuencias de esas prisas. La reestructura y el rediseño de los libros para el siguiente ciclo escolar se presentarán para el próximo 31 de mayo, es decir, tan pronto como sea posible.

Para colmo las condiciones no son las mejores pues ese trabajo no será remunerado, salvo con un diploma. ¿Será que en la Secretaría de Educación Pública piensan que los responsables de los libros (profesores e ilustradores) viven del aplauso y de las buenas intenciones?

El asunto no acaba ahí, lamentablemente. En la desconexión con el pueblo que gobiernan, algunas autoridades hacen relucir sus notables deficiencias e ineptitudes. La carga es contra los emblemáticos libros de texto gratuitos, cuyas modificaciones apresuradas habrán de complacer al presidente, en su lucha contra “los teóricos oligarcas”, como si de película de luchador se tratase.

La Cuarta Transformación busca imponer su versión de la historia en los libros que sirven de base para la educación de la gran mayoría de niñas y niños en México, dotándolos de un alto contenido ideológico y manipulando los hechos a conveniencia para ajustarlos a sus objetivos.

Es hasta lógico que quieran hacer unos nuevos libros de texto porque el conocimiento avanza y es necesario actualizarlos. Sin embargo, el gobierno en turno parece no entender el valor de la lectura y los libros en un país como el nuestro. Además de insensatos son insensibles.

En una sociedad cada vez más dividida y polarizada, donde la realidad sigue acrecentando la brecha de la desigualdad a un ritmo acelerado, los libros de texto deben ser un espacio consagrado a la formación y el aprendizaje, no a la ideología política ni a la militancia.

Desde tiempos antiguos, quienes verdaderamente se han abocado a transmitir el conocimiento han tenido claro que la enseñanza es un diálogo. Así como lo refiere Paulo Freire en su libro Pedagogía del oprimido: “El diálogo no impone, no manipula, no doméstica, no esloganiza.”

La enseñanza es un diálogo, no un dogma.