El asesinato de Luz Raquel Padilla en Zapopan, Jalisco, es algo que sólo puede describirse como cruel y bestial. La tristeza hace que sea imposible continuar sin antes sumarse a las exigencias de justicia y de que se investiguen las probables omisiones por parte de las autoridades. Sin embargo, un acto así rebasa cualquier lectura política y hace necesario una reflexión más profunda. Muchos señalan que hay una descomposición social por la “pérdida de valores”. Pero ¿qué valores se han perdido?, ¿cuándo se perdieron?, ¿cómo llegamos a esto? Son preguntas que en los últimos días no han dejado de rondarme.

Por un lado, cabe cuestionarse si en algún momento de verdad existió ese mundo civilizado y ordenado, regido por principios. Desde los años 1600 el famoso don Quijote se quejaba con melancolía de cómo ya no había caballeros andantes, nadie profesaba las ideas, el honor. Ese mundo perdido escapa a la memoria histórica, pero está presente en todas las culturas. Tal vez esas reglas que hoy no encontramos pertenezcan a los tiempos que preceden a la escritura. Antes las normas no estaban escritas e, incluso después de que llegaran a escribirse, Platón dice que son las leyes no escritas las que “mantienen unidas a la ciudad”. Nadie osaba ponerlas en duda.

Roberto Calasso explica que en la Grecia antigua “el nombre usual para las leyes es «nómima», «costumbres», «tradiciones»”. De ahí que, hace más de 2700 años, Hesíodo ya hablara —como si se tratara de mandatos divinos— del respeto a los ancianos, de ser un buen vecino, de ser prudente: “si hablas mal, tú mismo podrás escuchar algo peor”. Advierte de cuidarse de la soberbia y actuar con rectitud: “no saques provecho de los males”. En “Trabajos y días” le dice a su hermano Perses: “grábate esto en tu corazón, presta atención a la justicia y olvida por completo la violencia. Pues el Crónida (Zeus) puso esta norma para los hombres”.

También los nahuas refieren un episodio en el que pierden el recuerdo de antiguos conocimientos, principios y valores. En el “Códice Matritense” un texto narra cómo, en tiempos remotos, aquellos que se habían establecido en Tamoanchan (un mítico paraíso) de pronto son abandonados por los sabios que llevaban “los libros de pintura” donde venía la antigua sabiduría y se lamentan dolorosamente: “¿Qué es lo que nos guiará? / ¿Qué es lo que nos mostrará el camino? / ¿Cuál será nuestra norma? / ¿Cuál será nuestra medida? / ¿Cuál será el dechado? / ¿De dónde habrá que partir? / ¿Qué podrá llegar a ser la tea y la luz?”. La respuesta la encontraron en los «tlahtóllotl» («palabras-recuerdo»). Es decir, en el recuerdo de su pasado, en la historia: ahí descubren el camino y la luz para guiarse. Recuperemos esa antigua sabiduría que no siempre está escrita, pero está presente.